Capítulo 8

Los primos Maroto eran otra fuente de historietas contadas y otra vez contadas. A pesar de la guerra y a pesar de estar probablemente en bandos enfrentados, la familia Maroto siguió estando tan cercana como antes. Vivían por entonces en Ceuta, en una casa que, creo, se llamaba el Pabellón del Reloj.

Hace pocos años ocurrió algo divertido. Habían venido a Granada, a ver a mi madre, dos primas Maroto, Mary y Lola, y allí estaban hablando del pasado y del presente. Yo estaba ajena a la conversación, preparando la comida, cuando oí a la tía Mary decir “¡Nunca le perdonaré a Fraga!”. No esperaba yo una declaración política tan contundente por parte de mi tía. Pegué la oreja. “¡Nunca le perdonaré a Fraga que tirase el Pabellón del Reloj para hacer el Hotel La Muralla”.

Ésa era la explicación de tanta animadversión. Fraga, siendo Ministro de Información y Turismo, había sido más o menos responsable de que tirasen el caserón en el que habían vivido de pequeños. Y la tía Mary tenía razón, porque más allá de sentimentalismos, el Pabellón del Reloj era ni más ni menos que el palacio de los gobernadores de Ceuta, construido por los portugueses en el siglo XV.

En aquella casa había sitio para todos, y allí se llevaban la tía Felisa y el tío Guillermo a sus sobrinos de Tetuán. Un día, estando Fernando, el hermano de mi madre, en Ceuta, se peleó con uno de sus primos y el tío Guillermo le dio la razón a su hijo. Fernando tenía once años pero era ya terriblemente orgulloso, y consideró intolerable la injusticia que se había cometido con él, así que dijo “Pues me voy a mi casa”. El tío Guillermo no le dio importancia, pensó que la rabieta se le pasaría pronto, al fin y al cabo su casa estaba a cuarenta kilómetros.

Pero, al ver que pasaban las horas y que el niño no volvía se asustaron. El tío Guillermo cogió un coche y se fue a Tetuán, a casa de su cuñada. No dijo nada, “He venido a un asunto y he pasado a saludar”. Allí no estaba el niño, ¿dónde se habría metido? El tío Guillermo debió pasar uno de los peores momentos de su vida.

Por fin llegó, había andado y andado entre las dos ciudades hasta que a mitad de camino lo había recogido un camión. Y cuando su madre le dijo “¡Pero cómo se te ha ocurrido, venirte andando desde Ceuta!” él contestó “No te preocupes mamá, me he quitado los zapatos para que no se estropeasen”.

Subida en el tejado de aquella casa con su hermano Juan me contaba la tía Lola haber visto los bombardeos sobre el Estrecho de Gibraltar: “Tenía ocho años, y en la inconsciencia de la infancia, nos parecieron unos maravillosos fuegos artificiales”.

1 comentario en “Capítulo 8

  1. Muy interesante Milagros.
    A mí también me apena cómo cambian las estructuras de las ciudades cuando derriban un edificio emblemático.
    Me asombras al ver que consigues fotografías antiguas y modernas de lo que describes .
    Adelante con tu relato

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