Capítulo 7

Como consecuencia de la muerte de mi abuelo todo cambió en la casa, y lo más fundamental para la vida cotidiana fue, quizás, que tuvieron que aceptar realquilados. Aquel piso pequeño se convirtió casi en una pensión, dos dormitorios se alquilaron, el más grande lo compartían dos hombres, que no se conocían de nada. En definitiva, ocho personas, desconocidas entre ellas, en una casa pequeña. Ésas eran las condiciones de hacinamiento en las que debió vivir mucha gente en una época en la que también había escasez de vivienda.

El porqué nunca lo he sabido, supongo que en Tetuán hubo un crecimiento de la población europea, española sobre todo, por supuesto, pero también hubo otros extranjeros. En casa de mi abuela vivió por ejemplo un italiano, también en casa de una amiga de la familia, a cuyo marido habían matado. Ella era más afortunada, porque tenía un chalet, diseñado por su marido que era arquitecto. La madre y las dos hijas se desplazaron a vivir a una habitación en la azotea y alquilaron el chalet a un conde italiano con algún puesto importante. En aquel chalet, en plena época de penurias, el conde italiano y su mujer daban muchas fiestas, y África, una de las hijas de la dueña, que entonces era una niña muy pequeña, me ha contado muchas veces que desde la azotea se asomaban a ver llegar los invitados y, sobre todo, las invitadas, con unos trajes que hacían soñar.

En casa de mi abuela, como decía, vivió también un italiano. El trato era cama y baño, pero no comida. Pero el italiano, que era un embaucador, le pidió a mi abuela que le preparase la comida. “No es posible, no tengo lo necesario”, pero él dijo que traería lo que hiciese falta. Y así fue, y mi abuela preparó la comida y se la sirvió. “De ninguna manera, yo no puedo comer sólo, aquí vamos a comer todos lo mismo”. Fue una época de fiesta, porque el italiano tenía acceso al mercado negro y pudieron comer satisfactoriamente por primera vez en mucho tiempo. Hasta que mi abuela lo echó de la casa, porque había “seducido” a una de las amigas que venía a verla, una joven viuda de guerra.

Otra anécdota con la que siempre se reían era de una inquilina recién casada y de muy buena familia, que vivió realquilada con su marido, un oficial del ejército, y que el primer día se puso los guantes de cabritilla para pelar las patatas. Nunca antes había entrado en una cocina.

O la primera vez que mi abuela aceptó una mujer en la casa, porque uno de sus inquilinos le rogó y le rogó que le permitiera traerse de Sevilla a su mujer y a su hija de pocos meses, a las que no podía ver nunca. Muchos años después, cuando nos encontrábamos con él por Tetuán siempre tenía unas palabras de recuerdo para mi abuela y aún se emocionaba.

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