Un paseo por Guadix que trae viejos recuerdos …

Hoy hemos estado en Guadix y, como siempre, hemos empezado nuestro paseo por la plaza principal de la ciudad, en el casco antiguo. Hoy me he enterado de que tiene dos nombres, el popular, Plaza de las Palomas, y el oficial, Plaza de la Constitución.

La primera vez que fui a Guadix fue en el año 1985. Recuerdo haber llegado directamente en coche a esta plaza, en la que vivían los padres de Concha. Como diría Matías, nuestra pequeña familia en nuestro pequeño 127, matrícula de Marruecos para la nota exótica. Y recuerdo la sorpresa que me causó aquella plaza porticada, que más parecía un trasplante de Castilla que una plaza andaluza.

Fue un día muy gustoso, como se dice en Granada. Nos había invitado nuestra amiga Concha a pasar el día en una finca que tenían sus padres, que resultó ser además un club de tiro, o de cazadores. Creo recordar que era una cueva, más bien una medio cueva, es decir una construcción “normal” que hacia el fondo terminaba en una cueva. En fin, ése es mi recuerdo. Y que todo permanecía auténtico, como una casa de campo, sin las modernidades que seguramente le habrán incorporado después.

Pasamos un magnífico día de campo, y comimos, mucho, como siempre que se reúne un buen grupo de personas.

Yo lo recuerdo especialmente porque mi hijo Lucas, que tenía año y medio (por eso sé con seguridad que fue en el año 1985), había tenido diarrea los días anteriores, por lo que le había lleva comida de dieta. Se la di pronto, él sentado en su carrito, y se lo comió todo, arroz blanco, pollo hervido con zanahorias, agua de arroz, yogur. No había dejado ni un resquicio, todo era de dieta. Y Lucas se lo comió todo, todo, con buen apetito a pesar de la diarrea y de la dieta.

Al cabo de un ratito empezaron a poner la mesa. Era una mesa larga, corrida, en la que se fue colocando toda la comida. Mucha comida. Y grandes fuentes con melón y sandía cortados en rodajas. Era el mes de septiembre, quizás principios de octubre. El melón y la sandía estarían perfectos, en aquella época todavía el sabor de las frutas era de verdad.

En definitiva, que Lucas, desde su sillita, nada más despertarse de la siesta empezó a señalar la sandía y el melón, y a emitir sonidos contundentes que significaban que él quería de aquello. Pero ¡cómo le iba a dar yo melón o sandía!, si acababa de tener diarrea y había estado tomando su comida de dieta.

El niño siguió insistiendo, no sabía hablar pero sí hacerse entender. Y ante aquella insistencia, Rafa Parrilla, el marido de Concha y pediatra de nuestros hijos, me dijo: “Dáselo, dáselo, no te preocupes, los niños tienen una regulación propia y si le apetece es que se lo puede comer”.

Y, efectivamente, Lucas se comió sus buenas tajadas de melón y de sandía y, a continuación, todo lo demás que le apeteció de aquellas mesas tan bien surtidas. Y no le pasó nada, efectivamente la diarrea había desaparecido y no volvió.

Y así, una ciudad en principio tan ajena a la familia me ha traído de nuevo a la memoria una imagen tan vívida de Lucas de pequeño, con aquellos sonidos con los que consiguió hacerse entender hasta que, muy tarde, se decidió a hablar.

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