Olivos de justicia

Cuando Isidro L.-A. me pidió un texto para su libro Olivos de Justicia mi primera reacción fue de sorpresa y me pregunté qué razón había, más allá de la amistad que nos une desde hace años, para elegirme para la presentación de un libro de arte.

A pesar de mis dudas, le pedí que me explicase aquella instalación, qué significaba, cuál era su intención al realizarla. Me contó que las ramas de olivo por él instaladas en una plaza de Bruselas, frente al magnífico edificio del Palacio de Justicia, quieren representar la fragilidad de la persona inmigrante ante el impenetrable aparato administrativo del país al que llega -o en el que vive desde hace años. Inmediatamente comprendí su idea.

Como jurista que soy, las sentencias y resoluciones de la administración me han hecho encontrarme con casos en que los particulares se ven confrontados a situaciones ridículas, injustificadas, inexplicables, por razones diversas: la falta de lógica de una norma, la cerrazón del funcionario o el juez al aplicarla, el mal funcionamiento de la administración en general o cualquier otro motivo. El resultado es a menudo que la persona que se encuentra inmersa en estas situaciones ve cómo su vida normal, sus derechos, su tranquilidad, se ven alterados de modo significativo sin que alcance a comprender el porqué de todo ello.

Y en estos ocasiones la imagen que repetidamente me han sugerido las vicisitudes de las personas normales, las personas de a pie, ante la Administración y la Justicia (escritas necesariamente en mayúsculas) es la de unos muñequitos en manos de gigantes que, a modo de dioses griegos, se entretienen jugando con ellos y, de un solo movimiento de su dedo, las más de las veces irreflexivo, pueden alterar la normalidad de sus vidas.

Sin embargo, nada comparable a lo que ocurre cuando esas personas-juguetes llevan, además, el adjetivo de “inmigrante”. Entonces ya no se trata de ligeros vaivenes, sino que los dioses de la ADMINISTRACIÓN y el ESTADO (ahora ya con todas las letras en mayúscula) pueden, de un solo golpe de su dedo meñique, poner por alto la vida de las personas, separar a las familias, a las parejas, expulsar de nuestro país a quien lleva años viviendo aquí y aquí tiene toda su vida.

La realidad de este país, la percepción del mismo que se tiene como española (y además de origen español), la de un Estado de Derecho al estilo de lo que se disfruta en el “primer mundo”, caracterizado por sujetar las decisiones del Estado a la previsibilidad de su sometimiento a la ley, por la ausencia de arbitrariedad, por la consideración en definitiva de las personas como ciudadanas, como sujetos de Derecho, desaparece ante el extranjero: las decisiones del Estado dejan entonces de ser previsibles, las normas tienen grandes espacios dejados a la decisión de la “autoridad competente”, y esos márgenes de discrecionalidad se convierten en nichos de arbitrariedad, colocando a la persona extranjera, sobre todo al inmigrante, en una situación de inseguridad jurídica permanente: la renovación de la residencia o de un visado, el reconocimiento de un matrimonio, la reagrupación familiar, la concesión de la nacionalidad, o algo tan simple como la inscripción de un nacimiento en el Registro civil, se convierten para la persona inmigrante en otras tantas ocasiones de verse confrontada a un sistema a menudo injusto, incomprensible porque arbitrario, un sistema plagado de normas absurdas, de aplicaciones aleatorias, en definitiva, un sistema basado en la no consideración de la persona inmigrante como ciudadana, como sujeto de Derecho.

Y así, la percepción de este país que he tenido o tengo como española que vive aquí, se ha visto siempre alterada por mi otra identidad, la de marroquí de nacionalidad española. Mi madre, que, aunque española, nació y vivió siempre en Marruecos, no se encuentra bien de salud desde hace algún tiempo y se ha venido a vivir a España, donde estamos sus hijos. Por el contrario, mi amiga Fatima, cuya madre, también enferma, tiene a sus hijos en España, lleva años presentando papeles y más papeles sin que la Administración española considere nunca justificado que una madre anciana se reúna con sus hijos. La única diferencia entre la madre de Fatima y la mía es su nacionalidad y este “detalle” hace que los sentimientos, la familia, la salud de las personas, todo ello se mueva, cual frágiles olivos, al albur del viento, frente al mastodonte impasible del “Palacio de Justicia”, irónico nombre.

Como en esas películas en que, de pronto, un pequeño cambio en la vida del protagonista altera su realidad y su percepción, cásese con un inmigrante, o, más simplemente, tenga un amigo o un compañero de trabajo inmigrante. Así, con el conocimiento de sus problemas descubrirá que ese Estado que para los españoles las más de las veces resulta protector, un “ente” al que reclamar nuestros derechos y la solución de muchos de nuestros problemas, se convierte para esas personas en la pared de hormigón contra la que se estrellan muchas de sus aspiraciones legítimas o de la que reciben un trato irrespetuoso y denigrante. Un ejercicio interesante éste de colocarse en la piel del “otro” (o de la “otra”) par así ver que, como bien expresa Isidro L.-A. con su instalación, las personas que vinieron de fuera en algún momento no son más que frágiles ramas de olivo frente a la fortaleza de ese Palacio de Justicia que tan bien representa la dureza del Estado, la inexpugnabilidad de nuestra sociedad para quienes proceden de otras tierras, y a quienes seguimos considerando “extranjeros” por muchos años que lleven aquí.

(Texto publicado en 2007, como parte del libro de Isidro L-Aparicio Olivos de justicia).

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