Capítulo 9

Como se había quedado viuda, mi abuela, además de realquilar habitaciones, empezó a hacer ropa para la calle para poder salir adelante. Coser, sabía coser, porque su madre, pensando que al ser coja no se iba a casar, intentó buscarle una profesión. Primero quiso que se preparara para ser maestra, pero les dijeron que siendo coja no podía. Entonces la colocó con un sastre de alto copete, con el que aprendió a coser con gran finura.

Pero no sabía cortar. Y una vecina, que se convirtió en amiga, le enseñó para que pudiera ganarse la vida. Comentaban en la familia “Una vecina, que era de Cádiz, le enseñó a cortar”. Lo de señalar que era de Cádiz es lógico porque creo que es la única amiga que le he conocido a mi abuela que no fuera, como ella, una austera castellana: de Burgos, de la Bañeza, o como la dueña del Café El Norte, que no sé de dónde sería exactamente, pero sin duda del Norte.

Aquellas enseñanzas de su amiga de Cádiz dieron mucho fruto, mi abuela aprendió a cortar con maestría, y ya en mi época podías pedirle el vestido más complicado, que ella sabía cortarlo. Y todo primorosamente cosido, lo mirabas por dentro y era una obra de arte. Cuando ya era mayor para coser venía a casa una costurera, y mi abuela se desesperaba viendo cómo estaban las prendas rematadas por dentro.

Así, poco a poco, consiguieron trampear y salir adelante. Mi madre y su hermana Julia fueron al colegio hasta los catorce años, pero no estudiaron bachillerato, nunca he entendido a qué se dedicaban en el colegio desde los diez hasta los catorce años digamos que sin aprender nada nuevo.

Al cumplir los 14 años mi madre empezó a trabajar. El primer sitio, la comisaría de policía. Muchos años después, cuando pasábamos por delante del edificio me decía “Aquí fue mi primer trabajo, duré quince días”. La había recomendado su maestra, que la tenía en gran aprecio por ser una de sus alumnas más aventajadas y también más trabajadora y responsable. El primer día en que se quedó sola en la oficina mi madre aprovechó para buscar la ficha de su padre. Allí estaba todo, y pensó: “Aquí no duro yo mucho”. Efectivamente, a los quince días le dijeron que iban a reducir personal y que ya no la necesitaban.

Tuvo varios trabajos, en una pastelería, en una tienda de radios. Se ve que en aquella época había trabajo, aunque los sueldos fueran de miseria. Cuando tenía diecisiete años se enteró de que en Torres Quevedo, la empresa de teléfonos, iban a hacer oposiciones para contratar nuevo personal. Había que saber mecanografía y taquigrafía, y tener dieciocho años. Y los dueños de la tienda en que trabajaba, creo que viejos amigos de su padre, le dictaban textos para que ella practicase. “Hay que ver, que me convenzas para que te ayude a encontrar otro trabajo y abandonarnos”.

Aprobó las oposiciones y en 1945 o 46, con dieciocho años, entró a trabajar en Torres Quevedo, una empresa pública que tenía la concesión de los teléfonos para toda la zona del “protectorado” español en Marruecos, una empresa que fue muy importante en Tetuán porque en ella trabajaron muchas personas, sobre todo muchos chicos y chicas, y que en nuestra familia tuvo un papel fundamental -esencial, nuclear, no sé cómo decirlo- como más adelante contaré.

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