Capítulo 24

También genuinamente “Pastor” era el tío Federico, el hermano pequeño de mi madre. También en él reconocí, una de las últimas veces que lo vi, ya mayor, los característicos andares del tío Eusebio.

Fue el único rubio de la familia, y al nacer no se parecía a nadie, por lo que su abuelo, el abuelo Mauricio, tiró de frase hecha: “Los hijos de mis hijas mis nietos son, los de mis hijos sabe lo Dios”. Tenía historia familiar para refrendarlo. Pero al día siguiente apareció con una foto de cuando él era niño, con la misma cara de su nieto recién nacido.

Haciendo un inciso, gracias a esta anécdota podemos deducir que en el año treinta y dos, que fue cuando nació Federico, el abuelo Mauricio ya había recalado en Tetuán, después de arruinar el negocio familiar en Madrid. Reconstruir el pasado es hacer un puzle al que faltan piezas.

Pero Madrid seguía unida a la familia. Después de la guerra allí vivía el tío Eusebio con la tía Tere. Como dije, no tenían hijos y, como se hacía tanto en la época, se llevaron a su sobrino Federico -que por entonces tendría ocho o nueve años- para quitarle una carga a su madre, mi abuela Julia, que al enviudar se había quedado prácticamente sin recursos.

Aunque era la posguerra, probablemente el año 40 o 41, una época que no fue fácil para nadie, es seguro que para Federico la vida con su tío militar en Madrid era mucho mejor que con su madre y sus hermanos en Tetuán.

Federico con la gorra de militar del tío Eusebio

Por las costumbres de entonces no habría sido extraño que sus tíos Eusebio y Tere lo hubiesen «prohijado», como se decía. Pero él mismo me contó un día de pasada que, aun siendo un niño, en cuanto se dio cuenta de que ésa era la intención de sus tíos pidió volver con su madre y sus hermanos a Tetuán. Solemos preferir la pobreza en compañía de los nuestros.

Como decíamos, de niño Federico tenía rizos rubios, de mayor parecía un actor de cine, era guapo, alto, con buen tipo, simpático, cantaba bien (cualidad muy apreciada en la época), en fin, lo tenía todo. Tuvo alguna novia en Tetuán pero la cosa no cuajó.

Fedrico Pastor Álvarez cuando todavía no era mi tío Federico

Cuando tenía veinticinco o veintiséis años se fue a vivir a Madrid. Liberado por el matrimonio de mis padres de la obligación de contribuir al mantenimiento de su madre podía por fin estudiar, aunque tenía que trabajar para mantenerse. Estudiar una carrera siempre había sido su aspiración.

Y así inició la de Ingeniero Técnico de Telecomunicaciones. No debió de ser fácil, en aquella época los sueldos eran muy cortitos y se trabajaba muchas horas, por eso la carrera se le alargó mucho. Mientras, conoció a una morena con pecas, la que se convertiría más tarde en mi tía Merche, una chica diez años más joven que él, que estudiaba medicina. Una moderna en definitiva.

Era tan moderna que se parecía a
Françoise Sagan

 
Por fin, en 1965 mi tío Federico terminó la carrera, ¡gracias que le dieron un empujoncito! Él trabajaba en una compañía eléctrica desde que llegó a Madrid, creo que era Hidroeléctrica, y le apremiaron para que acabara la carrera porque necesitaban peritos en la central de Escombreras. Terminó, se casó, y se fueron a vivir a Escombreras, al lado de Cartagena, a un “poblado” construido por la propia empresa alrededor de la central eléctrica.

Escombreras, el poblado en primer plano

También como inciso podemos fijar la mirada en cómo en aquella bendita época te apremiaban para que terminases la carrera porque querían ofrecerte un puesto en consonancia con esa titulación recién conseguida, sin prácticas, sin ser becario durante algunos años ni nada por el estilo. No era la excepción, faltaban personas preparadas en casi todos los ámbitos.

En total mi tío Federico debió vivir en Madrid unos ocho años. Llevaba una vida a medio camino entre trabajador y estudiante, en una época en que las diferencias de clase eran muy marcadas. Alguna vez contó anécdotas sobre el dinero que tenían los demás y que él no tenía, que el dinero que sus compañeros se gastaban en una noche a él le tenía que durar un mes.

Ya he dicho que no debió ser fácil. Por suerte tenía mucha familia en Madrid. Los domingos iba a casa de su prima Mary Maroto, ya casada y con muchos hijos, a comer y a que le lavasen la ropa. ¡Cosas de la época!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.