Capítulo 4

Rosario y Pilar, ya casadas, se debieron ir pronto a España, porque nada nos han contado de su vida en Tetuán.

Por el contrario Julia, Felisa y Agustina siguieron viviendo en Tetuán por largo tiempo; mi abuela, Julia, hasta que falleció después de cumplir 100 años. Pero más de noventa años en Marruecos no habían cambiado ni un ápice de su naturaleza de leonesa seca, casi antipática en algunas ocasiones.

Felisa, con su marido y sus muchos hijos vivieron entre Tetuán y Ceuta, probablemente hasta el final de la guerra. La relación entre los primos Maroto y los primos Pastor fue muy fuerte. En Tetuán vivieron unos años en el mismo edificio, en la llamada «Casa Parrés». Ya mayores, las primas (Mary, Carmen y Lola, Milagros y Julia) siempre que se juntaban recordaban las representaciones teatrales que montaban en casa, con una sábana colgada en una puerta a modo de telón, y mucha declamación.

Anécdotas de esa época tengo muchas. Mi abuelo Fernando iba a menudo a Tánger por cosas del trabajo y traía una mantequilla de muy buena calidad. Pero a sus hijos no les gustaba. Acordaron que se la llevaría Felisa, que vivía en el piso de debajo. Y, ¡oh milagro!, las rebanadas de pan que les preparaba su tía Felisa con la mantequilla de su padre ya sí les gustaban.

Hay que decir que la mano izquierda de la tía Felisa con los niños era proverbial. Bueno, con los niños y con los adultos. Ya en Ceuta, contaba mi madre la anécdota de los huevos fritos. Vivían en una casa muy grande y muchas veces tenían a los primos Pastor además de a sus seis o siete hijos. La tía freía huevos para todos y cada uno y cada una, mientras jugaban, se acercaban a la cocina: “Tía”, “Mamá”, “el primero para mí”. “Claro, claro” y luego le daba el primer huevo al que pasaba en ese momento, sin más conflicto ni más rabieta.

Algo similar contaban de ella cuando, ya abuela, vivía en Tánger con sus hijas. Ahí yo misma recuerdo las reuniones con un montón de señoras, unas meriendas alegres y divertidas. Una vez, estando mi madre con ella en la cocina vieron que se les había acabado el café. Pero había achicoria, un sustitutivo que se había extendido durante la época del racionamiento. La tía Felisa resolvió: hicieron dos cafeteras de achicoria, las pusieron en dos recipientes distintos, y las llevaron a la mesa: “¿Qué quiere usted, café o achicoria”. “Yo café”, “yo achicoria”, “yo quiero mitad y mitad”. Y así la tía Felisa consiguió contentar a todas sin que ninguna de las comensales se diera cuenta del pequeño engaño.

Así era la tía Felisa, una original, un alma libre, una persona encantadora.

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