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Capítulo 4

Rosario y Pilar, ya casadas, se debieron ir pronto a España, porque nada nos han contado de su vida en Tetuán.

Por el contrario Julia, Felisa y Agustina siguieron viviendo en Tetuán por largo tiempo; mi abuela, Julia, hasta que falleció después de cumplir 100 años. Pero más de noventa años en Marruecos no habían cambiado ni un ápice de su naturaleza de leonesa seca, casi antipática en algunas ocasiones.

Felisa, con su marido y sus muchos hijos vivieron entre Tetuán y Ceuta, probablemente hasta el final de la guerra. La relación entre los primos Maroto y los primos Pastor fue muy fuerte. En Tetuán vivieron unos años en el mismo edificio, en la llamada «Casa Parrés». Ya mayores, las primas (Mary, Carmen y Lola, Milagros y Julia) siempre que se juntaban recordaban las representaciones teatrales que montaban en casa, con una sábana colgada en una puerta a modo de telón, y mucha declamación.

Anécdotas de esa época tengo muchas. Mi abuelo Fernando iba a menudo a Tánger por cosas del trabajo y traía una mantequilla de muy buena calidad. Pero a sus hijos no les gustaba. Acordaron que se la llevaría Felisa, que vivía en el piso de debajo. Y, ¡oh milagro!, las rebanadas de pan que les preparaba su tía Felisa con la mantequilla de su padre ya sí les gustaban.

Hay que decir que la mano izquierda de la tía Felisa con los niños era proverbial. Bueno, con los niños y con los adultos. Ya en Ceuta, contaba mi madre la anécdota de los huevos fritos. Vivían en una casa muy grande y muchas veces tenían a los primos Pastor además de a sus seis o siete hijos. La tía freía huevos para todos y cada uno y cada una, mientras jugaban, se acercaban a la cocina: “Tía”, “Mamá”, “el primero para mí”. “Claro, claro” y luego le daba el primer huevo al que pasaba en ese momento, sin más conflicto ni más rabieta.

Algo similar contaban de ella cuando, ya abuela, vivía en Tánger con sus hijas. Ahí yo misma recuerdo las reuniones con un montón de señoras, unas meriendas alegres y divertidas. Una vez, estando mi madre con ella en la cocina vieron que se les había acabado el café. Pero había achicoria, un sustitutivo que se había extendido durante la época del racionamiento. La tía Felisa resolvió: hicieron dos cafeteras de achicoria, las pusieron en dos recipientes distintos, y las llevaron a la mesa: “¿Qué quiere usted, café o achicoria”. “Yo café”, “yo achicoria”, “yo quiero mitad y mitad”. Y así la tía Felisa consiguió contentar a todas sin que ninguna de las comensales se diera cuenta del pequeño engaño.

Así era la tía Felisa, una original, un alma libre, una persona encantadora.

Capítulo 5

Curiosamente, aunque todas las hermanas Álvarez Portal se casaron en Tetuán, donde el grueso de la colonia española era de origen andaluz, ellas eligieron en todos los casos a hombres del norte de España. Lo mismo ocurrió en la siguiente generación, y tanto sus hijas como sus hijos, aunque en muchos casos encontraron pareja viviendo en Marruecos, también se casaron con quienes habían nacido o tenían su origen en el norte de España.

Era ésta una característica que se destacaba muchas veces en la familia, como una simple coincidencia. Pero pensando en ello, mi hermano Sergio y yo, que hemos acabado viviendo en Andalucía y hemos conocido mejor la idiosincrasia de su gente, nos hemos dado cuenta de que la distancia entre la sequedad del carácter castellano y la forma de ser de la mayor parte de andaluces y andaluzas debía ser difícil de saltar. Dicen que inconscientemente elegimos pareja entre quienes más se parecen a nuestra familia de origen. Esto debió pasarles a casi todos los miembros de la nuestra.

Pongo como ejemplo el caso de mis padres. Mi padre había nacido en Asturias, había perdido a sus padres en la guerra y sus hermanas se habían exilado. Llegó a Marruecos solo, a hacer la mili, y aquí se quedó al terminarla porque aquí encontró trabajo. Conoció a mi madre en la empresa Torres Quevedo, y algún día ella lo invitó a merendar en su casa. Hasta aquí lo que me contaron. Pero yo me imagino que, con independencia de lo mucho que le gustase mi madre, cuando mi padre entró en aquella casa y se encontró con mi abuela materna se debió sentir en su casa: una señora que hablaría como su madre (al fin y al cabo sus pueblos de origen no distaban más que unos pocos kilómetros), sería más o menos seca como su madre, y que además era roja, muy roja, como su madre. Y la adoptó junto con el resto como a su nueva familia: su suegra, sus cuñados, los primos, los tíos. Para todos ellos Manolo era uno de la familia.

Pero a pesar de ser secos castellanos sabían pasárselo bien. Los recuerdos de mi madre, de su hermana Julia, de sus dos hermanos, de las primas Maroto, que es con las que he tenido más contacto, siempre eran gozosos y me han contado muchas anécdotas.

En algún momento vino a sumarse a la familia el hermano pequeño de mi abuelo Fernando, el que se convertiría en el “tío Eusebio”. Era mucho más pequeño, llegó a Tetuán cuando tenía unos doce o trece años, a vivir con su hermano, que ya estaba casado y tenía su primer hijo, también Fernando. Conozco las fechas más o menos exactas porque mi madre contaba que cuando ella iba a nacer, a Eusebio, que entonces tenía catorce años, lo mandaron a casa de algún familiar para que no estuviera durante el parto. Lo mandaron con algún engaño y a la vuelta le dijeron que la cigüeña «había dejado a Milagritos». Y él se lo creyó, porque a pesar de sus catorce años era muy inocente. Más tarde, cuando se reían de él, su propia inocencia lo avergonzaba y decía que en realidad había disimulado.

Eusebio se convirtió por lo tanto en una especie de hermano mayor para mi madre y sus hermanos, también para los primos Maroto que vivían debajo. Como era muy alto y fuerte podían organizar juegos que sin él no hubiesen sido posibles, los subía por los aires, los colgaba del dintel de las puertas, en fin era parte fundamental de la diversión.

Sin embargo, no creo que participara en una de las travesuras más sonadas. Se acercaba la navidad y habían estado preparando los dulces, que entonces eran todos caseros. Eusebio era una pieza básica porque con la fuerza que tenía era el que se ocupaba de amasar. A la espera de la llegada de las fiestas guardaron los dulces bajo llave, en una cómoda. Con tanto niño había que ponerlos a buen recaudo. Pero el día en que abrieron el cajón descubrieron que ya sólo quedaba como la mitad de lo que habían hecho. ¡Ay los niños! Habían aplicado su inteligencia, habían descubierto que, aunque el cajón estuviese cerrado con llave, si quitaban el de encima podían acceder a los dulces. Hoy cojo uno, nadie se va a dar cuenta. Se lo digo a mi primo o a mi hermana, que coge otro, que nadie se va a dar cuenta. Y así, en cadena, hasta que dejaron el cajón a medias, uno de esos profundos cajones de las cómodas antiguas.

«Les Étoiles de Sidi Moumen» o «Los caballos de Dios» de Mahi Binebine

Les Étoiles de Sidi Moumen

Una novela dura y espléndida, que consigue en pocas páginas retratar el horror y también la alegría de vivir de esa parte de la sociedad cuya existencia ignoramos hasta que un día «nos» hacen saltar por los aires.

Una lectura imprescindible. Si tuviera que recomendar una sola novela de todas las leídas en los últimos años recomendaría ésta.

Algunas críticas en la página de Mahi Binebine (en francés) y también en español, entre las que destaco:

Les étoiles de Sidi Moumen, 12/2010, Par Hécate

Après le 11 septembre 2001, certains écrivains américains ont tenté de faire parler les terroristes, de comprendre la psyché de ces hommes venus de pays qu’on était bien souvent incapable de placer sur une carte, mais qui semblaient haïr l’Amérique au point de commettre un acte insensé. Ces romanciers pourtant brillants, souvent apparentés à la gauche américaine ne purent, ne surent s’affranchir de leur vertueuse incompréhension devant “l’horreur” d’un tel acte, car “quelle cause peut valoir qu’on lui sacrifie les innocents?”. Vertueuse et menteuse car nous savons tous que notre cause “du progrès” se paie chaque jour sur le sang des innocents… mais des innocents lointains… si peu médiatiques…si peu charmants. Avec ce court roman, Mahi Binebine réussit là où ils ont échoué. Il montre la misère crasse d’un bidonville, la vie et la joie malgré tout, le bonheur parfois, malgré la décharge, les coups, la violence, le bruit, la proximité. Ils montrent comment le terrible hasard et la perfidie des hommes de pouvoir peuvent arracher jusqu’à cet improbable bonheur de vivre, et transformer des enfants en bombes humaines. Jusqu’au bout, il montre ce qu’on nous interdit de penser, que ces jeunes gens avaient des rêves, des espoirs et qu’ils ont eu des doutes, parce que l’humanité résiste, même dans le geste ultime. Un roman magnifique servi par une écriture fine et drôle.

Los caballos de Dios, de Mahi Binebine: a lomos de una compleja realidad, 16 de noviembre de 2015, en Libros. Instrucciones de uso

Capítulo 6

Pero no todo eran recuerdos felices, porque en mi familia en particular, la guerra fue terrible. El mismo 18 de julio, a las nueve menos cinco de la mañana, detuvieron a mi abuelo Fernando cuando iba camino de su trabajo. Veinte días después, el 9 de agosto, lo mataron en una saca que hicieron los falangistas.

Su pecado fue ser socialista y masón, haber participado activamente en la campaña de las elecciones de febrero del 36, haber organizado campamentos de verano para los niños pobres.

A partir de ese día, la vida feliz de mi madre y sus tres hermanos terminó. No sólo se quedaron sin padre, también se quedaron sin sustento. Era una familia de clase media, que vivía del sueldo del padre y, por lo tanto, se quedaron sin nada. Para mi abuela, fue perder al marido del que estaba tan enamorada, pero también quedarse con cuatro hijos pequeños y sin forma de alimentarlos. Para mi madre fue salir de la infancia de golpe, con nueve años. Fue además perder a un padre que todo el mundo recordaba como encantador, amoroso, juguetón, divertido.

A partir de aquí las historias cambian, a las penurias de la familia venía a sumarse el racionamiento propio de un país en guerra. El trocito de pan a que tenía derecho cada miembro de la familia. Y mi abuela que no sabía qué hacer, si racionárselo ella también a sus hijos, un pellizco en el desayuno, otro en la comida, otro en la cena. O dárselo por la mañana, y que cada uno se lo administrara cómo entendiese.

Mi madre se convirtió, con nueve años, en el apoyo de mi abuela. Apoyo en el sentido físico, pues cuando salían a la calle mi abuela, con su única pierna válida y su muleta, necesitaba agarrarse a su hija para poder andar. Apoyo, porque era la que iba a comprar, y la que a menudo tenía que pedir fiado. Apoyo porque, cuando no podían más, era la que iba a casa de Doña Lola, a pedirle dinero prestado.

Antiguo mercado de abastos

Ya en mi adolescencia, un día como tantos otros en que acompañaba a mi madre a la plaza, ella se quejó de que Hamadi, su frutero habitual, le había hecho alguna trastadilla, le había metido alguna naranja mala, o algo así. Era un soniquete que yo venía oyendo desde mi infancia, “¡Ay Hamadi!, mira las naranjas que me ha puesto”, o cosas así. Yo, con mi radicalidad adolescente le dije “Es que no sé por qué le sigues comprando, si siempre te engaña”. Y mi madre contestó, con lágrimas en los ojos, “Porque cuando yo tenía nueve años y no tenía dinero él me fio muchas veces”.

Capítulo 7

Como consecuencia de la muerte de mi abuelo todo cambió en la casa, y lo más fundamental para la vida cotidiana fue, quizás, que tuvieron que aceptar realquilados. Aquel piso pequeño se convirtió casi en una pensión, dos dormitorios se alquilaron, el más grande lo compartían dos hombres, que no se conocían de nada. En definitiva, ocho personas, desconocidas entre ellas, en una casa pequeña. Ésas eran las condiciones de hacinamiento en las que debió vivir mucha gente en una época en la que también había escasez de vivienda.

El porqué nunca lo he sabido, supongo que en Tetuán hubo un crecimiento de la población europea, española sobre todo, por supuesto, pero también hubo otros extranjeros. En casa de mi abuela vivió por ejemplo un italiano, también en casa de una amiga de la familia, a cuyo marido habían matado. Ella era más afortunada, porque tenía un chalet, diseñado por su marido que era arquitecto. La madre y las dos hijas se desplazaron a vivir a una habitación en la azotea y alquilaron el chalet a un conde italiano con algún puesto importante. En aquel chalet, en plena época de penurias, el conde italiano y su mujer daban muchas fiestas, y África, una de las hijas de la dueña, que entonces era una niña muy pequeña, me ha contado muchas veces que desde la azotea se asomaban a ver llegar los invitados y, sobre todo, las invitadas, con unos trajes que hacían soñar.

En casa de mi abuela, como decía, vivió también un italiano. El trato era cama y baño, pero no comida. Pero el italiano, que era un embaucador, le pidió a mi abuela que le preparase la comida. “No es posible, no tengo lo necesario”, pero él dijo que traería lo que hiciese falta. Y así fue, y mi abuela preparó la comida y se la sirvió. “De ninguna manera, yo no puedo comer sólo, aquí vamos a comer todos lo mismo”. Fue una época de fiesta, porque el italiano tenía acceso al mercado negro y pudieron comer satisfactoriamente por primera vez en mucho tiempo. Hasta que mi abuela lo echó de la casa, porque había “seducido” a una de las amigas que venía a verla, una joven viuda de guerra.

Otra anécdota con la que siempre se reían era de una inquilina recién casada y de muy buena familia, que vivió realquilada con su marido, un oficial del ejército, y que el primer día se puso los guantes de cabritilla para pelar las patatas. Nunca antes había entrado en una cocina.

O la primera vez que mi abuela aceptó una mujer en la casa, porque uno de sus inquilinos le rogó y le rogó que le permitiera traerse de Sevilla a su mujer y a su hija de pocos meses, a las que no podía ver nunca. Muchos años después, cuando nos encontrábamos con él por Tetuán siempre tenía unas palabras de recuerdo para mi abuela y aún se emocionaba.

MUJER-CITAS

Como sabéis Fabiola, la hermana de Julián, diseña unos productos exquisitos, que se venden fundamentalmente en tiendas de museos y librerías. Podéis ver todos esos productos en su página web .

En este caso, un abanico y un desplegable que recogen y reparten palabras interesantes, palabras de mujeres.

Y algunas de las autoras citadas:

Aquí recogemos las citas que se incluyen en los dos productos. También podéis acceder a la traducción a otros idiomas:

La importancia de la universidad no se mide en unos cuantos días sin clase

Ante la situación creada por el Coronavirus, la suspensión de la actividad docente presencial y el posterior cierre de las facultades, el Equipo de Gobierno de la UGR ha ido adoptando decisiones y sus miembros haciendo declaraciones públicas.

Todo ello se ha hecho con una premura que las circunstancias no hacían necesaria: se podían haber cerrado los centros y suspendido la docencia mientras se pensaba cómo organizar las alternativas.
Pero como vivimos en un tiempo en el que nadie puede parar quieto y como queremos hacernos la ilusión de que somos muy importantes, hemos tenido que decir desde el primer día “esto no son vacaciones”.

Y es cierto que la Universidad es muy importante, y las actuales circunstancias lo están demostrando. Es importante porque forma a médicos y enfermeros (o médicas y enfermeras, pero nunca médicos y enfermeras). Es importante porque en su seno se desarrolla gran parte de la investigación que permite afrontar en mejores condiciones (aunque no sean las óptimas) estas nuevas enfermedades.

Pero nada de eso depende de que se dejen de dar clases durante dos días o una semana. Lo importante para que la universidad pueda jugar el papel que le corresponde en la sociedad es el mantenimiento del trabajo (y la inversión) a largo plazo, lo importante es que la universidad dedique más esfuerzos a la docencia, que seamos menos rácanos en la contratación de profesorado, que paguemos mejores sueldos a nuestros investigadores y, sobre todo, que las administraciones públicas, el Gobierno Central y la Junta de Andalucía, dediquen de forma permanente más dinero a la universidad y a la investigación.

Capítulo 8

Los primos Maroto eran otra fuente de historietas contadas y otra vez contadas. A pesar de la guerra y a pesar de estar probablemente en bandos enfrentados, la familia Maroto siguió estando tan cercana como antes. Vivían por entonces en Ceuta, en una casa que, creo, se llamaba el Pabellón del Reloj.

Hace pocos años ocurrió algo divertido. Habían venido a Granada, a ver a mi madre, dos primas Maroto, Mary y Lola, y allí estaban hablando del pasado y del presente. Yo estaba ajena a la conversación, preparando la comida, cuando oí a la tía Mary decir “¡Nunca le perdonaré a Fraga!”. No esperaba yo una declaración política tan contundente por parte de mi tía. Pegué la oreja. “¡Nunca le perdonaré a Fraga que tirase el Pabellón del Reloj para hacer el Hotel La Muralla”.

Ésa era la explicación de tanta animadversión. Fraga, siendo Ministro de Información y Turismo, había sido más o menos responsable de que tirasen el caserón en el que habían vivido de pequeños. Y la tía Mary tenía razón, porque más allá de sentimentalismos, el Pabellón del Reloj era ni más ni menos que el palacio de los gobernadores de Ceuta, construido por los portugueses en el siglo XV.

En aquella casa había sitio para todos, y allí se llevaban la tía Felisa y el tío Guillermo a sus sobrinos de Tetuán. Un día, estando Fernando, el hermano de mi madre, en Ceuta, se peleó con uno de sus primos y el tío Guillermo le dio la razón a su hijo. Fernando tenía once años pero era ya terriblemente orgulloso, y consideró intolerable la injusticia que se había cometido con él, así que dijo “Pues me voy a mi casa”. El tío Guillermo no le dio importancia, pensó que la rabieta se le pasaría pronto, al fin y al cabo su casa estaba a cuarenta kilómetros.

Pero, al ver que pasaban las horas y que el niño no volvía se asustaron. El tío Guillermo cogió un coche y se fue a Tetuán, a casa de su cuñada. No dijo nada, “He venido a un asunto y he pasado a saludar”. Allí no estaba el niño, ¿dónde se habría metido? El tío Guillermo debió pasar uno de los peores momentos de su vida.

Por fin llegó, había andado y andado entre las dos ciudades hasta que a mitad de camino lo había recogido un camión. Y cuando su madre le dijo “¡Pero cómo se te ha ocurrido, venirte andando desde Ceuta!” él contestó “No te preocupes mamá, me he quitado los zapatos para que no se estropeasen”.

Subida en el tejado de aquella casa con su hermano Juan me contaba la tía Lola haber visto los bombardeos sobre el Estrecho de Gibraltar: “Tenía ocho años, y en la inconsciencia de la infancia, nos parecieron unos maravillosos fuegos artificiales”.

Capítulo 9

Como se había quedado viuda, mi abuela, además de realquilar habitaciones, empezó a hacer ropa para la calle para poder salir adelante. Coser, sabía coser, porque su madre, pensando que al ser coja no se iba a casar, intentó buscarle una profesión. Primero quiso que se preparara para ser maestra, pero les dijeron que siendo coja no podía. Entonces la colocó con un sastre de alto copete, con el que aprendió a coser con gran finura.

Pero no sabía cortar. Y una vecina, que se convirtió en amiga, le enseñó para que pudiera ganarse la vida. Comentaban en la familia “Una vecina, que era de Cádiz, le enseñó a cortar”. Lo de señalar que era de Cádiz es lógico porque creo que es la única amiga que le he conocido a mi abuela que no fuera, como ella, una austera castellana: de Burgos, de la Bañeza, o como la dueña del Café El Norte, que no sé de dónde sería exactamente, pero sin duda del Norte.

Aquellas enseñanzas de su amiga de Cádiz dieron mucho fruto, mi abuela aprendió a cortar con maestría, y ya en mi época podías pedirle el vestido más complicado, que ella sabía cortarlo. Y todo primorosamente cosido, lo mirabas por dentro y era una obra de arte. Cuando ya era mayor para coser venía a casa una costurera, y mi abuela se desesperaba viendo cómo estaban las prendas rematadas por dentro.

Así, poco a poco, consiguieron trampear y salir adelante. Mi madre y su hermana Julia fueron al colegio hasta los catorce años, pero no estudiaron bachillerato, nunca he entendido a qué se dedicaban en el colegio desde los diez hasta los catorce años digamos que sin aprender nada nuevo.

Al cumplir los 14 años mi madre empezó a trabajar. El primer sitio, la comisaría de policía. Muchos años después, cuando pasábamos por delante del edificio me decía “Aquí fue mi primer trabajo, duré quince días”. La había recomendado su maestra, que la tenía en gran aprecio por ser una de sus alumnas más aventajadas y también más trabajadora y responsable. El primer día en que se quedó sola en la oficina mi madre aprovechó para buscar la ficha de su padre. Allí estaba todo, y pensó: “Aquí no duro yo mucho”. Efectivamente, a los quince días le dijeron que iban a reducir personal y que ya no la necesitaban.

Tuvo varios trabajos, en una pastelería, en una tienda de radios. Se ve que en aquella época había trabajo, aunque los sueldos fueran de miseria. Cuando tenía diecisiete años se enteró de que en Torres Quevedo, la empresa de teléfonos, iban a hacer oposiciones para contratar nuevo personal. Había que saber mecanografía y taquigrafía, y tener dieciocho años. Y los dueños de la tienda en que trabajaba, creo que viejos amigos de su padre, le dictaban textos para que ella practicase. “Hay que ver, que me convenzas para que te ayude a encontrar otro trabajo y abandonarnos”.

Aprobó las oposiciones y en 1945 o 46, con dieciocho años, entró a trabajar en Torres Quevedo, una empresa pública que tenía la concesión de los teléfonos para toda la zona del “protectorado” español en Marruecos, una empresa que fue muy importante en Tetuán porque en ella trabajaron muchas personas, sobre todo muchos chicos y chicas, y que en nuestra familia tuvo un papel fundamental -esencial, nuclear, no sé cómo decirlo- como más adelante contaré.

Capítulo 10

Mientras mi madre trabajaba en un sitio y otro, mi tío Fernando, un año mayor, también lo hacía, pero él al mismo tiempo estudiaba bachillerato. Lo hacía en una academia particular (así las llamaban), pues en Tetuán no había instituto. No sé cómo se las arreglaron, quizás algún familiar o algún amigo lo pagaba, el caso es que hubo dinero para el chico pero no para la chica, a pesar de que mi madre era, por lo menos, tan brillante como su hermano.

Fernando empezó a trabajar con catorce años en el Banco Hispano-Americano, en el que seguiría toda la vida hasta llegar a Subdirector General. No empezó de botones como otros hombres hechos a sí mismos, porque ya tenía el bachillerato elemental y eso en la época era un grado, pero sí es cierto que empezó desde abajo y llegó casi hasta lo más alto, sólo le faltó un escalón, quizás por falta de cuna.

Mi tía Julia también dejó el colegio con catorce años, en su caso para ayudar a su madre a llevar la casa. En aquella época mi abuela estaba mal de salud y lo “normal” fue que la hija se quedase con ella. Sólo muchos años después empezó a trabajar, ella también, en Torres Quevedo.

Finalmente, Federico, el pequeño de la familia, también estudió bachillerato, al mismo tiempo que trabajaba desde los catorce años. Y, en algún momento, ingresó en la empresa Torres Quevedo, creo que como delineante.

En Torres Quevedo también entró mi padre -“se colocó” como entonces se decía-, primero en Larache, ciudad en que había hecho el servicio militar, y después en Tetuán.

Mi padre entró de peón, no tenía estudios, su trayectoria no daba para más, la guerra en el lado equivocado, el campo de concentración y una larga mili en la Legión. Pero fue escalando puestos hasta llegar a ser el responsable de trazar el tendido telefónico que, por primera vez, iba a cubrir toda la ciudad de Tetuán. Da idea del orgullo que sentía por ello la anécdota que contó muchas veces: un día, hablando con su jefe, medio en broma medio en serio le dijo “El próximo director general de Torres Quevedo seré yo”, a lo que su jefe contestó “Hombre, Manolo, antes que a usted me tocará a mí”. Y mi padre, sin modestia y sin pudor, replicó “No, porque usted entró ya de jefe, y sólo ha subido un escalón, mientras que yo entré de peón y en pocos años ya soy jefe”.

En Torres Quevedo se conocieron mis padres, justamente diseñando el recorrido de las líneas telefónicas por toda la ciudad de Tetuán. Años después, cuando yo era pequeña y mi padre no trabajaba ya en la empresa, en nuestros paseos de los domingos me iba señalando por dónde pasaban las líneas de teléfono. Lo recuerdo especialmente por la parte antigua de la ciudad, lo que existía antes de que llegasen los españoles, quizás porque inconscientemente (tenía yo cinco o seis años) percibía un contraste entre lo antiguo de esos barrios y una cosa mucho más moderna como el tendido telefónico.

Plano de Tetuán en la época, la medina qadima a la derecha y el ensanche español a la izquierda

Mi padre y mi madre, junto con su jefe, además de diseñar el trazado de las líneas también atribuyeron los primeros números de teléfono: para el jefe el 1234, para mi padre, que entonces vivía en una pensión, el 2345, y para mi madre el 3456. Este número lo tuvimos en casa desde el año cincuenta y tantos (o quizás fue cuarenta y muchos) hasta hace relativamente poco, cuando mi madre, quizás ya con la cabeza un poco ida, tuvo un problema con la factura y perdió el número. Le habían ido poniendo prefijos, pero para los tetuaníes seguía siendo el 3456.