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Capítulo 11

Torres Quevedo estuvo siempre presente en nuestra infancia, a pesar de que mi madre y mi padre la habían dejado años antes. Pero cuántas anécdotas, cuántas amistades habían surgido de aquellos años en una empresa en la que trabajaba mucha gente, mucha gente joven, chicos y chicas.

Esas historias eran como un retrato sociológico de la España de posguerra, porque aunque estuviesen en Marruecos, a esos efectos como a tanto otros Tetuán era prácticamente como una ciudad española cualquiera.

Mis padres se casaron en marzo del cincuenta y ocho, días antes o días después se casaron también muchas compañeras de Torres Quevedo. Todas al mismo tiempo, siempre lo contaban.

La razón fue la desaparición de la «dote», algo que desde hoy es difícil comprender. En Torres Quevedo, como empresa pública, al igual que en la administración, durante el franquismo las mujeres tenían que abandonar el trabajo al casarse, eso por imperativo legal. Torres Quevedo les ofrecía una cantidad de dinero en concepto de dote, nada de indemnización por despido ni ningún otro derecho, sólo una concesión graciosa. Corrió la voz de que iban a eliminar la dote y por eso tantas empleadas se casaron a la vez.

Serían casi todos casos como el de mis padres que creo estuvieron ocho años de novios. No era fácil casarse, había que ahorrar, pero no para pagar el banquete ni mucho menos –un simple desayuno en casa ofrecido a un círculo pequeño-, sino porque había que comprar el ajuar necesario para instalar una casa, pues luego el sueldo (ya sólo uno) no daba más que para vivir al día.

Mi madre siempre contó que ella abandonó el trabajo gustosamente, porque llevaba trabajando quince años, y es cierto que a mí me parecía un ama de casa feliz, pero ahora pienso que quizás había por debajo alguna insatisfacción.

Volviendo a Torres Quevedo, la empresa cerró en el año 66 o 67, al recuperar el Estado marroquí el control sobre el servicio telefónico. Muchas de las personas que allí trabajaban fueron absorbidas por Telefónica y se trasladaron a España.

Mi tía Julia, que por entonces era ya la única de la familia que seguía en la empresa, fue destinada a Barcelona. Había entrado en Torres Quevedo como telefonista, pero enseguida la automatización de una parte del servicio telefónico había reducido la necesidad de telefonistas, por lo que había pasado a trabajar en el servicio de contabilidad. Sin embargo, cuando la destinaron a Barcelona fue recuperando su categoría original y contaba que la central telefónica era allí una locura, que no daban abasto. Era el estrés en el trabajo cuando aún no se conocía el concepto.

Nosotros, cuando viajábamos a España siempre nos encontrábamos con gente que había trabajado en Torres Quevedo, incluso por la calle. Sergio y yo nos mirábamos con aire de entendidos, y nos adelantábamos diciendo “de Torres Quevedo” antes de que lo dijeran nuestros padres.

En particular recuerdo ir de viaje a Madrid y acudir al edificio que tenía la Telefónica en la Gran Vía, ése que luego he sabido que era un icono de la arquitectura y al que ahora en nuestras visitas a Madrid vamos a ver alguna exposición. Mi madre pedía en la puerta que avisasen a alguna antigua compañera, que bajaba a vernos. A su vez llamaba a otra: “¡Baja, que está aquí Milagritos con sus niños!”, y al final, mi hermano y yo nos veíamos rodeados de un montón de señoras que nos daban muchos besos. Esto es lo que yo recuerdo del que fue el primer rascacielos de España.

Capítulo 12

Pero me adelanto. Volvamos al resto de la familia.

De la tía Pilar, hermana de mi abuela, una por lo tanto de las “Álvarez Portal” con las que inicié este relato, sé poco. Cuando éramos pequeños, en los 60, vivía en Madrid. Había tenido, creo, cuatro hijos, que también vivían en Madrid. A todos ellos los vimos alguna vez que fuimos allí de visita, por ejemplo en el año 66 cuando se casó el tío Federico. Pero fuera de eso mi hermano Sergio y yo ya tuvimos poco contacto con esa parte de la familia.

Con la familia de la tía Rosario, la más pequeña de las «Álvarez Portal», siempre tuvimos más trato y sé algo más de sus peripecias. Creo que vivían en Madrid al comenzar la guerra y creo recordar, pero muy vagamente, que salieron de Madrid acompañando al gobierno de la República porque el tío Canencia, el marido de la tía Rosario, trabajaba como telegrafista del gobierno. Y creo también que con el gobierno de la República salieron de España. Sí sé con certeza que estuvieron exiliados en Francia, donde lo pasaron muy mal, como la mayor parte de los españoles refugiados. Sé que, además de su hija Piti tenían un hijo que murió, aunque no sé cuándo ni dónde.

La tía Rosario, el tío Canencia y su hija Piti

El caso es que en algún momento volvieron a España y se instalaron en Madrid, donde nosotros las conocimos, a Rosario y a Piti, porque para entonces el tío Canencia había muerto.

Como ya he dicho, de quienes tengo más datos es de la tía Felisa y su familia. Después de Ceuta se trasladaron a Lisboa, donde el tío Guillermo había sido nombrado agregado militar de la embajada. Era un puesto muy bueno en un país que no había pasado una guerra y en el que no había racionamiento. Fue una época feliz. Lamentablemente terminó pronto porque el tío Guillermo murió, de repente o después de una enfermedad corta.

La tía Felisa decidió volver a Madrid, con muchos niños y una paga de viudedad que no sería mala pero tampoco daría para tanto. Montó una pensión. Las películas de la época pueden darnos una idea de lo que era una pensión en los años cuarenta. Ésta era sin duda del género divertido. Siendo todavía una niña mi tía Julia pasó allí alguna temporada, acogida como siempre por su tía, y lo recordaba con verdadera delicia. En particular las ocasiones en que ella y su prima Carmen se «convertían» en dos viajeras, instaladas por unos días en una habitación de huéspedes que no estaba ocupada (la tía Felisa siempre tan complaciente), y en la que simulaban un ir y venir de mujeres de mundo.

Esta pensión de Madrid fue sólo uno de los muchos negocios que tuvo la tía Felisa, todos ellos con no demasiado éxito, aunque en todas partes dejó un magnífico recuerdo: tuvo una pensión en Ronda; algo, quizás una chocolatería, en Estepona y probablemente algún otro negocio más porque creo recordar que también vivieron en el pueblo de Casares.

La tía Felisa

Cuando yo la conocí, ya con muchos años pero todavía derecha como una vela, había montado un pequeño negocio de collares. Hacía collares y y más collares con unas perlitas de colores que compraba en Tetuán. Tendría por entonces más de 65 años y una posición económica desahogada. Pero los collares de perlitas se habían convertido en su pasión. Lo que empezó siendo un hobby pasó a ser una ocupación a tiempo completo y la tía Felisa estaba noche y día haciendo collares. Y no es una forma de hablar, recuerdo en una de sus visitas despertarme de madrugada y verla sentada en la cama de al lado ensartando perlitas.

Una vez se llevó de Tetuán una caja llena de esas cuentas diminutas que usaba para los collares. De regreso a España, en la aduana de Algeciras no la dejaron pasar. “Señora, ¡pero si esto es importación!” le dijo el guardia civil. A las siete de una tarde de invierno llamaron a la puerta y allí estaba la tía Felisa con su caja de perlitas. Mi padre le tramitó en el consulado un permiso de importación para que pudiese entrar en España con la “mercancía”. Fue uno de esos trámites engorrosos para algo que, en realidad, tenía poco valor, y por eso la despidió diciéndole “Tía, cuando llegues a Algeciras, si en la aduana no te dejan pasar, tiras las perlitas al mar. Luego, si quieres, te vienes”.

Capítulo 13

Por aquel entonces, cuando el negocio de los collares, la tía Felisa ya vivía en Madrid, pero durante los años anteriores ella y sus hijas habían vivido en Tánger. A la mayor, Mary, al terminar en Madrid los estudios de enfermera le ofrecieron un trabajo en Tánger, en el Hospital de la Cruz Roja. Era un mundo conocido para ella y lo aceptó. Detrás de ella vinieron la tía Felisa y sus otras dos hijas, Lola y Carmen, que también se habían hecho enfermeras.

Eran los cincuenta. En Tánger se casaron Mary y Carmen, allí decidió meterse a monja Lola, allí nacieron unos cuantos primos, más o menos los de mi edad: Rodolfo, Mari Carmen y Cristina; Perico y Mari Tere. Creo que todos ellos se fueron en 1962, juntos o escalonados, pero todos se fueron a Madrid, aunque para algunas fue sólo la primera escala.

Durante toda esa época los contactos entre mi madre y sus hermanos, los primos Pastor, que seguían viviendo en Tetuán, y las primas Maroto, que ahora vivían en Tánger, volvieron a ser muy intensos, primero siendo todos ellos solteros, después ya algunas casadas y con niños.

Yo tengo recuerdos de la familia de Tánger, pero son recuerdos nebulosos: los primos, la casa, la terraza un día en que había muchas señoras merendando, el bakalito de la esquina. Poco más.

Un bakalito

Y luego, todo lo que me han contado. Que la tía Lola tenía el novio más guapo y más enamorado, y que lo dejó plantado para meterse a monja. Que la tía Felisa cambió no sé cuántas veces de casa y que, además, visitó todas las que se alquilaban: “En ese edificio visité una casa con la tía Felisa” decía mi madre a menudo cuando paseábamos por Tánger. “Ahí los pisos tenían caja fuerte”, “En ésa nos cruzamos con un mayordomo con librea”. También anécdotas de un cirujano francés con el que trabajaba la tía Carmen, y que igual cosía la barriga de una enferma que una pajarita para acudir a una fiesta .

Ésas eran las excentricidades del Tánger que sale en las novelas y las películas. Porque el Tánger de mis tías era el Tánger de la gente normal, extranjeros, sí, pero gente corriente. Pues al lado del glamour y los espías, Tánger fue también durante toda su época internacional una ciudad llena de españoles, el gran batallón de profesionales y empleados, pequeños empresarios y trabajadores manuales, y de muchas andaluzas que encontraron allí el trabajo y el refugio que su país de origen les negaba. Vivían todos ellos en los márgenes del glamour y las conspiraciones, vivían una vida normal, aunque, sin duda, mejor y más libre que en España.

La tía Felisa y su hija Carmen

También fue Tánger en esa época refugio de muchos exiliados españoles, viejos socialistas a los que mi padre visitaba cuando íbamos a Tánger. Mi madre y yo lo esperábamos fuera, eran citas rodeadas de un halo de conspiración.

Capítulo 14

Mientras las primas Maroto y la tía Felisa vivían en Tánger, los Pastor seguían viviendo en Tetuán, en la conocida como “casa Parrés”, otro de los escenarios que estuvo siempre presente en las historias que se contaban en la familia. También allí había mucha gente, «veintiocho pisos» decía siempre mi madre, «veintiocho familias». Y por entonces cada piso lo ocupaban muchas personas, matrimonios con varios hijos, pero también una abuela, un primo, todo aquél que necesitase una casa.

La casa Parrés se conocía así por el nombre de su propietario, que era también el jefe de mi abuelo. El edificio, una vez más de ese estilo neo-árabe tan presente en el Tetuán colonial, estaba al final de la entonces llamada calle de la República (hoy Mohamed V) y se terminó de construir en el año 32. Es fecha cierta porque mi abuela estaba embarazada de su hijo Federico, y el dueño mandó que terminaran un piso para que la familia se pudiera mudar cuánto antes. Contaban que llegaron a un edificio que aún estaba en obras, en el que las escaleras no tenían barandillas ni los demás pisos tenían paredes.

Desde 1932 hasta 1964 mi familia vivió en aquella casa, primero mis abuelos con sus hijos, luego, una vez que mataron a mi abuelo, vinieron a sumarse los realquilados. Supongo que cuando mi madre y sus hermanos empezaron a trabajar desaparecerían estos realquilados.

En el año 1958 se casaron mis padres y se quedaron a vivir en el mismo piso, con mi abuela y la hermana de mi madre, la que se convertiría en la tía Julia. Fernando se había casado unos años antes y Federico pudo irse a Madrid, a estudiar Perito de Telecomunicaciones mientras seguía trabajando.

En el piso de la casa Parrés quedaron mi abuela, Julia, mi madre y mi padre. En 1959 nací yo, y cinco años después, en 1964, nació mi hermano Sergio.

Y cuando Sergio tenía nueve meses nos fuimos los seis a vivir a lo que entonces se conocía como Pabellones de Aviación y desde donde en enero de 2020 empecé a escribir esta historia.

De la casa Parrés conservo muchos recuerdos, tenía cinco años cuando nos mudamos y ya es edad para tener un pequeño almacén de recuerdos.

Era una casa de vecinos en el más completo sentido de la expresión. Las familias que allí vivían (entonces todas españolas) tenían mucha relación entre sí y los niños íbamos de una casa a otra.

A mí me gustaba mucho ir a casa de Vicen, Vicenta, una amiga de mi abuela, una señora alegre, jovial, con una mano extraordinaria para los animales. Había criado a un pajarito que volaba libre por la calle pero volvía a su ventana a comer de su boca. También recuerdo ir con ella de “excursión”. Me ponía un pañuelo en la cabeza y junto con su perrita y una cestita digna de Caperucita Roja íbamos a llevarle la comida a su marido, que trabajaba en una gasolinera BP que había en La Aguada, en lo que entonces eran las afueras de Tetuán.

También eran muy divertidas las meriendas que organizaban mi madre y su vecina María Luisa en los dos balcones colindantes, en las que se pasaban roscos y bizcochos a través de los barrotes de separación mientras los niños jugábamos en un espacio diminuto.

Con el paso de los años mis padres alquilaron también otro piso en la misma planta para completar el de siempre que se había quedado pequeño. Allí dormíamos mis padres y yo. En mis ojos aún conservo la luz de la mañana pasando a través de los cristales de colores de las ventanas.

También tengo un vago recuerdo de los primos Sabater en aquel piso, en unas vacaciones en que vinieron cuando ya vivían en Madrid, un recuerdo que casi se me había borrado y que recuperé hace poco, viendo una foto en casa del tío Rodolfo.

En ese piso mi padre también tenía un despacho. Y por lo visto, allí reconstituyó una agrupación del Partido Socialista. Ya era Marruecos independiente pero aún seguía siendo peligroso para un español dedicarse a esas cosas. Y una vecina, con medias palabras, avisó a mi madre de que todo se oía a través de las paredes y de que también lo podía oír el chivato que vivía debajo.

Capítulo 15

Pero las mejores anécdotas de la casa Parrés son las de tiempos anteriores: las pilas de lavar que había en la azotea, donde se encontraban y charlaban las vecinas; las canciones de mi madre mientras estaba en la cocina, que se oían por el patio y tenían mucho éxito; las noches en vela de una modista para terminar el vestido de comunión de su hija; la señora mayor que vivía en el bajo, que con su muy mal genio protestaba a todas las vecinas, hoy por esto mañana por lo otro; tantas y tantas historias que le he oído contar a mi madre y a mi tía.

Pero quizás las más llamativas tenían que ver con el Barrio de las Latas, un barrio de chabolas que se había montado en aquel extremo del Ensanche, y que empezaba justo enfrente de la casa Parrés. La abuela Matea, seguramente aquejada de Alzheimer cuando tal nombre no se conocía, en cuanto podía se escapaba de la vigilancia de su hija (mi abuela) y lanzaba discursos desde el balcón, con gran éxito de público entre toda la chiquillería del Barrio de las Latas, que le aplaudía, para su regocijo, hasta que alguien conseguía volver a meterla para adentro.

De aquella casa Parrés nacieron muchas amistades tan fuertes que parecían familia. Con una hija de Vicen, Elisina, se fue la tía Julia a Suiza. Fue en el año 63, en enero. Trabajaron en el Hôpital Cantonal de Ginebra, pero no les debió gustar mucho pues estaban de vuelta antes de acabar el año, para las navidades.

Mi tía Julia volvió con un auténtico cargamento de bolas para el árbol de navidad, algo que era todavía desconocido en España y que a ella le fascinó en Suiza. Y a partir de aquel año se instauró en casa la tradición de poner el árbol de navidad además del belén. Sigo recordando la preparación de todo ello como una aventura que, bajo la dirección de la tía Julia, duraba varios días, mientras recogíamos piedras, arena y musgo y comprábamos algún complemento imprescindible para el resultado final.

También en la casa Parrés vivían Braulia y los suyos, una familia con una composición atípica nacida de la desgracia, un niño al que se le murió la madre al nacer y el padre poco después, y al que sus primos mayores acogieron como si de un hijo se tratase. Paquito pasaba muchos ratos en mi casa, de pequeñito porque en la nuestra daba el sol que faltaba en la suya, de un poco más mayor porque en casa le daban todos los mimos y porque jugaba con nuestra perrita Falina.

Falina era la perra de mi tía Julia, se la habían encontrado abandonada o perdida en la calle y como nadie la reclamó se quedó en casa. Mi tía tuvo que convencer a su madre, pero en realidad fue la zalamería de la perra la que logró conquistar a mi abuela, normalmente tan poco dada a ese tipo de caprichos.

No es la tienda de Ana, pero se parece tanto

También en el bajo de la casa Parrés había una tienda de comestibles que yo recuerdo como salida de un pasado más profundo, con un mostrador de madera gastado al que estaba atornillado un aparato inservible que siempre despertó mi curiosidad. “La tienda de Ana” si no recuerdo mal. Cuando en España se produjo el desastre del aceite de colza me enteré de que también en Marruecos había ocurrido algo parecido años antes, y que a consecuencia de aquello se había prohibido la venta de aceite a granel. Y como resto de ese pasado estaba allí aquella máquina que a mí tanto me había llamado la atención de pequeña.

Una bomba de aceite a granel

Para remate de la larga historia de la familia en la casa Parrés, cuando ya no vivíamos allí, a finales de los 60, fue en ese mismo piso teatro de tantas historias donde mi tía Julia abrió el primer salón de belleza de Tetuán. “Julia” rezaban los tarjetones que le imprimió mi padre, en una operación de “marketing” desconocida para la época.

Fue un éxito. Se convirtió en la cita obligada para todas las señoras “bien” de las tres religiones: cristianas, musulmanas y hebreas, todas ellas acudían sin falta a ese templo de la modernidad en que se convirtió el «Salón Julia».

Capítulo 16

Pero volvamos a Suiza, por la que hemos pasado demasiado deprisa.

Todo empezó con la tía Lola, que de joven, cuando vivía en Tánger, decidió meterse a monja. Creo que ocho años después se salió. Se había hecho monja por convencimiento y por convencimiento lo dejó. No encontró dentro lo que consideraba debía ser una vida de sacrificio y entrega a los demás.

Lola cuando era monja y su prima Milagros Pastor (mi madre, para evitar confusiones)

Al salir del convento no debió sentirse a gusto en una España en la que todavía era bastante inusual que una monja abandonase los hábitos. Supongo que por esa razón decidiría irse fuera. Sabía francés y era enfermera, enfermera de quirófano, el caso es que se fue a Suiza, a trabajar en el Hôpital Cantonal de Ginebra, un hospital de muchísimo renombre en el que encontró su sitio.

No sé cuánto tiempo llevaba en Suiza cuando convenció a su prima, la tía Julia, de que allí había buenas oportunidades. El caso es que a principios del año 63 Julia y su amiga Elisina se fueron a trabajar ellas también al Hôpital Cantonal, en su caso como auxiliares, puesto que no tenían formación específica.

Quizás fue simple espíritu de aventura o la expectativa de un buen sueldo lo que las impulsó, no fue la necesidad porque las dos tenían en Tetuán un trabajo aceptable, Elisina era maestra y daba clase en el colegio de las monjas, y la tía Julia trabajaba en la famosa empresa Torres Quevedo de teléfonos. Es cierto que los sueldos eran muy bajos, pero les daría para una vida aceptable puesto que vivían con sus familias, como era entonces lo normal para cualquier chica soltera.

El caso es que emprendieron el viaje. Para la tía Julia Suiza fue una mezcla de enamoramiento, de admiración, y de rechazo. En realidad creo que sentía una admiración que no vio correspondida. El trabajo de auxiliar en un hospital era duro entonces como lo es ahora, había a veces mal ambiente hacia las inmigrantes como ellas, vivían realquiladas en una habitación, etc. Es decir, la dura vida de la emigración.

Pero al mismo tiempo la tía Julia hablaba de la absoluta urbanidad de los suizos: los coches descapotables aparcados en la calle con todo el equipaje al alcance de la mano de cualquiera, los paquetes dejados a la puerta de las casas si no se encontraba a los destinatarios, los paraguas que también se dejaban habitualmente en el exterior de las casas para no mojar dentro, etc. Todo esto la fascinaba, hablaba con verdadera admiración de todo ello.

Pero no fue bastante para que se encontrasen a gusto en aquel país, lejos de la familia. Y por eso, antes de acabar el año, con la excusa de que llegaba la navidad y de que iba a nacer mi hermano Sergio, al final de ese mismo 63 Elisina y Julia volvieron desde Suiza a Tetuán.

Además, en Suiza no había playa

Y la tía Julia volvió cargada de adornos para el árbol de navidad. No tengo recuerdo de aquello, pero viendo cómo fueron en otras navidades las ferias de regalos (aunque fuesen pequeños detalles) organizadas por la tía Julia me puedo imaginar el desembalaje de cajas y más cajas que debió ser aquella vuelta desde Suiza. Tengo la certeza de que fueron cajas y cajas, porque aunque las bolas se rompieron, esas mismas cajas que vinieron de Suiza hace casi sesenta años siguen aún estando en nuestra casa de Tetuán (una casa en la que no se tira nada), guardando ahora otras bolas más modernas y menos delicadas.

La tía Julia volvió, pero Lola se quedó allí y allí organizó definitivamente su vida. Siempre he tenido la sensación de que la tía Lola encontró en Suiza su sitio, digamos que en parte era suiza antes de llegar al país, tan ordenada, tan racional. Con la simpatía “en plus” que diríamos.

Capítulo 17

Durante estos días de confinamiento en que he ido publicando retazos de la historia familiar he aprovechado para pedirle a mis primos y primas y resto de la familia todas las fotos que tuviesen. Estos medios telemáticos que nos han permitido mantener el contacto social a pesar del encierro me han hecho llegar fotos desde unos sitios y otros, por ejemplo, una foto de mi bisabuelo enviada por su nieto político, el tío Carlo, desde Ginebra.

Voy a cerrar esta primera parte de la historia familiar aprovechando algunas de estas fotos que he recopilado y que retratan a la siguiente generación. Es decir, a la generación que ya nació en Marruecos, hijos e hijas de las hermanas “Álvarez Portal” que llegaron a Marruecos en el año 1909 y con las que iniciaba esta historia.

Me gusta ver estas fotos. Todas juntas dan una buena imagen de lo que era la juventud de la época. Los peinados “Arriba España” que se pusieron de moda, el mar siempre presente en los recuerdos de mi madre, mi tía Julia y sus hermanos, las excursiones a Río Martín en autobús, y de allí, andando por la orilla del mar, hasta la playa desierta de Cabo Negro.

Los hermanos Pastor y el tío Eusebio en una barca en Río Martín

Los paseos en barca, y, como dice mi hermano, esa actriz de Hollywood que debió pasar por Tetuán en aquella época.

Mi madre, siempre tan moderna

La belleza de la tía Carmen, en esta foto tan seria, al estilo de las películas del neorrealismo italiano, tan seria, con lo graciosa y simpática que ella era, siempre, en todas las circunstancias.

Carmen Maroto

Todas estas fotos forman un conjunto que me parece el reflejo justo de esa impresión que poco a poco he ido construyendo de que Tetuán era en la posguerra, aunque fuese como una ciudad española, pero más abierta y más moderna. Entre las meriendas de señoritas que me contaba la madre de Julián de su juventud en Cáceres y las tardes de baile de mi madre y sus hermanos en Tetuán siempre me ha parecido que había, si no un abismo, sí una gran diferencia.

Carmen Maroto y Piti

En general parece que en Tetuán la gente se lo pasaba mejor, disfrutaba de la vida y por eso, quizás, hay tanta nostalgia entre los españoles y las españolas que vivieron sus días de juventud en aquella ciudad. No era sólo una cuestión de mejor nivel de vida, mi familia no lo tenía, miraban la peseta como se decía, pero se lo pasaban bien, muy bien, aprovechado cada minuto del poco tiempo libre que les dejaba el trabajo para ir, en pandillas de gente joven, de excursión o a la playa, al cine cuando podían, u organizar un baile en alguna casa un poco más amplia.

Tetuán: un grupo de jóvenes pasándolo bien, entre ellas la tía Julia

Antes de seguir adelante

Antes de seguir adelante siento la necesidad de hacer una pequeña aclaración (mientras las calles de Tetuán se vuelven a llenar de gente).

Como habéis visto, gran parte de lo que llevo contado hasta ahora se desarrolla en Marruecos pero marroquíes de verdad no ha salido aún ninguno. No he dejado de darme cuenta de ello a medida que avanzaba, pero como se trata de contar lo que fue, así era en gran medida la vida en Tetuán y Tánger (y en el resto de Marruecos, por supuesto), dos sociedades paralelas, la de los marroquíes y la de los europeos, que de hecho vivían casi completamente separados, aunque no lo impusiese la ley.

Es cierto que me he dejado alguna anécdota en la que podía haber aparecido un marroquí, parte de los conserjes de la empresa Torres Quevedo eran marroquíes, también el conserje del colegio de mi madre, o una señora que trabajó en casa de mis abuelos y que tenía debilidad por mi tío Federico. Casi siempre ocupaban puestos subalternos, aunque en Torres Quevedo también trabajó algún marroquí en puestos de oficina, tras aprobar una oposición con el número uno. Pero era la excepción, el contacto cotidiano era poco, muy poco, sobre todo para quienes vivían en el Ensanche de Tetuán, digamos que el barrio construido por los españoles y habitado por ellos.

Birika y Federico

Por el contrario, los hebreos de Tetuán (nunca oí la palabra judío para referirse a esa comunidad), igualmente población propia de Marruecos para quien no lo sepa, inmediatamente se mezclaron con los españoles recién llegados y se “mimetizaron”, hasta el punto de que cuando yo era pequeña creía que los hebreos eran parte de los españoles que habían llegado con el “protectorado”.

Aquella separación radical poco a poco fue cambiando, más en mi familia que en otras familias de origen español. Mi padre enseguida entabló relación de igual a igual con algunos marroquíes y así, ya en 1958, recién alcanzada la independencia, organizó con un compañero marroquí la primera huelga de Tetuán, en el seno de la famosa empresa Torres Quevedo (lo que, por cierto, le valió el fin de aquella brillante carrera que le había llevado de peón a jefe de planeamiento en pocos años).

Y a lo largo de toda su vida, hasta su muerte en 2002, tuvo una multitud de amigos marroquíes, se integró hasta el punto de que para la sociedad tetuaní era ya uno de los suyos. La mejor expresión de ello fue el comentario que le hizo un amigo marroquí en medio de una boda y rodeado de otros marroquíes emigrados a la ciudad: «Manolo, ya no conocemos a nadie», atrincherándose con mi padre en su condición compartida de tetuaníes auténticos.

Mi padre no murió en Tetuán sino en Granada, en el hospital, porque los médicos, siempre cobardes para anunciar el fin próximo, no nos advirtieron de que se iba a morir. En otro caso, sin duda, habríamos vuelto con él a Tetuán. Es mejor morir en tu tierra y rodeado de tu gente.

SEGUNDA PARTE

El 29 de enero es el cumpleaños de mi hermano Sergio. Para entonces terminé la primera versión de lo que habéis leído hasta ahora, la revisé y le incorporé algunas fotos, las pocas que tenía en ese momento. Y se la ofrecí como regalo de cumpleaños. Al fin y al cabo, él había sido una de las razones por las que me había puesto a escribir, al darme cuenta de que los cinco años que le llevo y la mejor memoria que tengo me hacía depositaria de muchas historias que a él le iba a gustar oír.

Más tarde, impulsada por el confinamiento (“Granada, 15 de marzo de 2020, en confinamiento” tengo fechado) decidí revisar y enviaros esos primeros relatos, así como intentar ir poco a poco completando la historia familiar, aunque como las historias de todas las familias es difícil seguirla ordenadamente, porque tiene ramas, ramificaciones, unas que crecen desmesuradamente, otras que mueren, algunas que tienden a ocultarse. Las hay más interesantes, pero todas, creo, son dignas de ser contadas, a veces como mero reflejo de un tiempo que desapareció.

Por eso vuelvo a retomar la pluma.