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Capítulo 20

Comencé contando la historia de las hermanas Álvarez llegando a Marruecos pero, ya que estamos, contemos la historia de la otra parte de la familia, la de mi abuelo materno, Fernando Pastor. Ésta no desmerece a una novela de Galdós.

Mi abuelo Fernando llegó a Tetuán a principio de los años veinte, para hacer el servicio militar, allí conoció a mi abuela y por ella se quedó en la ciudad. Lo cierto es que no tenía dónde volver, pues a pesar de su juventud, hacía años que había roto con su familia.

Poco a poco, un detalle por aquí otro por allá, fuimos reconstruyendo la historia, que era un poco escabrosa, de ésas que no se cuentan. Mi abuelo era de Madrid, había nacido en el año 1901. Provenía de una familia burguesa, pero con diecisiete años se había ido de casa. ¿Por qué?

Porque después de la muerte prematura de su madre su padre se había casado con la criada. A mí me sonaba raro, aquel rechazo por su parte a ese matrimonio desigual no encajaba con el hombre progresista que había sido. Pero poco a poco nos enteramos de que en realidad su padre había mantenido una relación con la criada en vida de su mujer, y que la criada “tampoco era muy de fiar”, que tuvo un primer hijo con su marido y un segundo que tenía toda la cara del marido de la hermana de su marido (ya dije que era un folletín). En definitiva, que asqueado por aquella situación el abuelo Fernando se fue de casa de su padre con diecisiete años.

Sabemos que acabó en Barcelona, y que allí trabajó en un taller de coches. Debían ser los últimos años de la década de los diez. A Tetuán llegó para hacer el servicio militar, en el año veinte o veintiuno. Para entonces ya debía tener un conocimiento suficiente de la mecánica de los coches porque lo adscribieron al parque automovilístico del ejército.

Coches en el ejército español en Marruecos

 
Y el folletín seguía. Al cabo de unos años, su padre, un bohemio frustrado, un mujeriego, se arruinó totalmente y, abandonando a su segunda mujer y a su hijo (pues “al menos el primero lo era”, decía mi madre), apareció en Tetuán, en busca del cobijo de su hijo Fernando, que para entonces era ya un hombre adulto, casado, y con buenas relaciones en la ciudad.

Y efectivamente su hijo le consiguió un trabajo en un distribuidor de vinos, que era su ramo, en donde el abuelo Mauricio seguramente cumplía mejor que nadie su papel, pues según contaba mi madre (su nieta), al conocimiento de los alcoholes unía la prestancia y la elegancia de quien había sido un rico heredero y había conservado el cuidado exquisito por su atuendo a pesar de vivir realquilado en una pequeña habitación.

Mauricio Pastor se llamaba. Había sido el único hijo varón de una familia burguesa, dueña de un importante negocio de vinos, proveedores de la Casa Real. A pesar de sus aspiraciones bohemias (creo que quiso ser pintor), como único hijo varón se vio obligado a hacerse cargo de un negocio que no le atraía nada. Quizás como parte del “sentar la cabeza” se casó. Milagros España se llamaba su mujer, de ella hemos heredado el nombre primero mi madre y luego yo.

Podría ser mi bisabuela Milagros

Sé que fue un matrimonio desdichado, al menos para la mujer. Sé que mi abuelo le reprochaba a su padre no tanto que se hubiese casado con la criada, sino que en vida de su madre la hubiese engañado con la criada y, en general, que fuese un mujeriego.

En realidad, al abuelo Mauricio, como le llamaba mi madre, todo aquello del negocio y el matrimonio le sobraba, y con el tiempo consiguió arruinar un negocio que había sido floreciente durante varias generaciones, y tirar por la borda su vida de familia.

Capítulo 21

De aquel hijo que el abuelo Mauricio tuvo con su segunda mujer no sabíamos prácticamente nada, pues al haberlos abandonado el abuelo se habían cortado los lazos.

Sabíamos que se llamaba Ángel, por lo tanto Ángel Pastor. Mi madre nos había contado que poco después de terminar la guerra habían recibido una carta suya. Escribía desde Barcelona, calculo que podía tener unos veinte años. Se ponía en contacto con su hermano Fernando (del que por lo visto conocía, no sólo la existencia, sino que se había instalado en Tetuán), pidiéndole ayuda. Mi abuela le contestó que su marido había muerto y que ella no estaba en condiciones de socorrerle. Ahí se acabó el contacto.

En aquella época las cartas no solían traer buenas noticias

Curiosamente muchos años después, en los noventa, encontramos el rastro de aquella rama de la familia. Para entonces yo vivía ya en España, en Granada, y trabajaba en su universidad. Alguien me preguntó si era familia de otro Pastor, el profesor Mauricio Pastor.

La verdad es que me sorprendió, ¡Mauricio Pastor!, ¡qué casualidad, exactamente como el abuelo! Mari Carmen, la mujer de mi hermano, había sido alumna suya: “Es igual que el tío Eusebio” comentó. Yo anduve preguntando en la universidad a ver quién lo conocía, si me enteraba de algo más y un día alguien me dijo “Mira, ése es Mauricio Pastor”. Sólo lo vi de espaldas, tenía los andares inconfundibles del tío Eusebio.

Mi hijo Lucas añadió información: había coincidido en un cursillo de deporte de la universidad con el hijo del tal Mauricio Pastor, dijo que el niño se llamaba Mauricio Ángel.

El parecido con el tío Eusebio era determinante, el profesor Mauricio Pastor debía ser hijo de su medio hermano desaparecido, Ángel Pastor, ambos hijos de nuestro bisabuelo Mauricio. Y el nombre del niño acababa de cuadrarlo todo: llegamos a la conclusión de que el tal Ángel Pastor, a pesar de que su padre (nuestro abuelo/bisabuelo Mauricio) lo había abandonado, le había puesto a su hijo el nombre de su padre, y que el hijo, a su vez, había combinado ambos nombres para su hijo.

Era un lío, pero todo cuadraba. Nos montamos la película completa. Sin duda era nuestro … Por cierto, ¿cuál era el parentesco? Creo que primo hermano de mi madre y mi tía Julia.

Julia y Mari Carmen, las dos investigadoras

Y finalmente fue precisamente la tía Julia, para estas cosas tan sociable y decidida, la que dio los pasos para aclarar la cuestión. Le buscamos el número de teléfono del despacho del profesor Mauricio Pastor en la Universidad e Granada. La tía Julia lo llamó y le contó toda la historia del hermano perdido de su padre, preguntándole si ese hermano perdido no sería a su vez padre de su interlocutor.

El folletín se nos vino abajo. Mauricio Pastor fue rotundo, su padre no podía ser el hermano perdido que buscábamos porque su abuelo no había desaparecido (como había hecho el abuelo Mauricio), él lo había conocido. Por lo tanto, no podía ser nuestro “abuelo Mauricio”.

¡Qué mal nos sentó! Toda la familia estaba ya convencida de que habíamos encontrado la rama perdida.

Pero de algo estoy segura, aunque nunca he conocido personalmente al profesor Mauricio Pastor sí lo he visto por la calle. Para mí no cabe duda de que somos familia. Si el punto de conexión no está en mi bisabuelo estará más atrás, pero indudablemente este señor y el tío Eusebio vienen del mismo tronco.

Capítulo 22

De la familia de mi abuelo, Fernando Pastor, de los parientes de ese lado, mi hermano y yo sólo hemos conocido al tío Eusebio, el hermano pequeño del abuelo. Sabemos que tenían además dos hermanas, Milagros y María, y una tía Pascuala, hermana de su padre, muy nombrada en la familia. Estaba casada pero no tuvo hijos.

Mi madre y mi tía sí conocieron a esa parte de la familia y la tía Julia en particular, que de niña vivió una temporada en Madrid, contaba que la llevaban de visita a casa de la tía Pascuala, en la calle San Bernardo, uno de esos pisos grandes y oscuros, con muebles imponentes y muchos cortinones.

De Milagros, la hermana del abuelo Fernando, sabemos que se casó en Madrid, pero que después de pasar “muchas necesidades”, como decía mi madre, emigró a América con su familia. Y nada más.

Cuando empecé hace unos meses con esta historia y me puse a rebuscar por los armarios de la casa de Tetuán encontré unas fotos que en principio no supe identificar, hasta que en una de ellas decía “Con cariño vuestra hermana Milagros. Montevideo, 11-6-1956”.

No sé si ocurrirá en otras familias pero en la nuestra siempre hay alguien que se fue a América. En general no volvieron. A América se fue esta hermana de mi abuelo Fernando, que se llamaba como mi madre, Milagros Pastor. Rebuscando entre esas fotos antiguas también me he encontrado a dos hermanos de mi bisabuelo Vicente (el que llevó a su mujer y a sus hijas a Marruecos), Juan y Policarpo, que escribían desde la Argentina, en el año 1914. Por el lado de mi padre también hubo quien se fue a «las Américas», como se decía entonces, aunque es historia para otro momento.

1914, Buenos Aires, Juan y Policarpo, hermanos del abuelo Vicente

El caso es que de la familia Pastor nos quedamos sólo con el tío Eusebio, el único que llegamos a conocer. Y como él se había quedado sin parientes propios también pasó a formar parte de la gran familia de las hermanas “Álvarez Portal”. A los primos Maroto, a la prima Piti, y a los hijos e hijas de unos y otras, el tío Eusebio en realidad no les “tocaba” nada, era el cuñado de una de sus tías o de una de las hermanas de su abuela, un parentesco realmente muy lejano. Sin embargo, el tío Eusebio y, más tarde, su mujer, la tía Tere, siempre formaron parte de la familia.

El tío Euebio y la tía Tere

El tío Eusebio había perdido a su madre cuando tenía cuatro años y supongo que luego había vivido con su padre, el abuelo Mauricio, y la criada, convertida en madrastra. No sé cómo sería la señora, pero para el tío Eusebio, aunque no hablaba nunca de aquello, fue un martirio. En la casa de la familia sólo quedaban él y una hermana, quizás algo retrasada, y aún años después, cuando delante del tío Eusebio alguien hacía referencia a aquella época se notaba que para él seguía siendo un recuerdo doloroso.

No sé si fue por voluntad propia o porque su padre lo “facturó”, el caso es que con doce o trece años llegó a Tetuán para vivir con su hermano y su cuñada, mis abuelos. Muchos recuerdos de esos primeros años, que ya he contado, luego un agujero, no se sabe nada de Eusebio.

Creo que cuando empezó la guerra ya había entrado en el ejército, en Aviación, y que le tocó en la parte sublevada. No sé si estaba todavía en Tetuán o si ya estaba destinado en otra ciudad, de eso no se hablaba en casa, era una época oscura, algo que no se quería recordar. Sólo una vez se le escapó a mi madre algo que me hizo vislumbrar que el tío Eusebio no se había portado demasiado bien con la familia de su hermano después de que a éste lo matasen, quizás por miedo a verse señalado. Pero no tengo datos, sólo lo recuerdo como algo dicho con medias palabras. En todas las familias hay historias oscuras.

Capítulo 23

En el caso del tío Eusebio y la tía Tere había otra historia oculta, ésta mucho menos escabrosa, pero que las circunstancias de la época obligaban a callar.

Teresa Tous, la tía Tere

Cuando murió Franco y llegó la democracia y la ley del divorcio nos enteramos de que en realidad el tío Eusebio y la tía Tere no estaban casados. No estaban casados porque no podían, porque la tía Tere no se podía divorciar del que había sido su marido en la noche de los tiempos. Así que en 1981 ella fue, con más de sesenta y cinco años, una de las primeras españolas en divorciarse para, por fin, poder casarse con el que de hecho había sido su marido durante cuarenta años.

A pesar de no estar casados el tío Eusebio había conseguido aparecer en los papeles como tal. No sé si tenían partida de matrimonio, el caso es que “oficialmente” eran marido y mujer, y así aparecían a ojos del ejército y a ojos de todas sus amistades, que, en aquella época, no habrían consentido tratarse con una pareja que vivía “en pecado”.

Sin embargo, el hecho de no estar casados hizo que nunca quisiesen tener hijos, lo que para el tío Eusebio, que era muy niñero, fue siempre una frustración. La tía Tere tenía una hija de su primer matrimonio, pero las leyes implacables de la época le habían quitado la custodia.

Aparte de eso, eran como un resto del pasado: veraneaban en Santander -que es donde hay que veranear-; antes de partir envolvían con sábanas blancas todos los muebles de su casa en Madrid, lo que le daba un aspecto aún más antiguo, como yo sólo había visto en las películas. Y acudían a comidas y cenas, viajaban con amigos, una vida plácida en la que la prisa no parecía encontrar lugar.

Eusebio y Tere con amigos y familiares
 

El tío Eusebio era militar, aunque un militar sui generis, porque su labor en el ejército consistía en hacer fotografías aéreas. A mi hermano y a mí nos resultaba extraordinario cuando nos enseñaba las fotos de las ciudades o los campos y nos explicaba cómo las había hecho desde un avión en marcha.

Foto aérea del tío Eusebio
 

En la vida civil iba siempre con una cámara, algo que también resultaba original en los años sesenta y setenta. Era el cronista familiar y también un gran enamorado de Tetuán, en particular, de la medina qadima, de la que hizo innumerables fotos.

El tío Eusebio fotografía a su sobrina Julia en la famosa plaza Usaa de la medina qadima de Tetuán
 

El tío Eusebio tenía también una manía, comprar barato. A pesar de que era una persona muy generosa, nada tacaño, le encantaban las gangas, y podía ir hasta la otra punta de la ciudad para comprar a mejor precio unas pastillas de jabón, eso sí, siempre las mejores. Y nos embarcaba a veces en esas correrías, que a quienes no compartíamos su manía (incluida su mujer), nos parecían disparatadas.

Curiosamente ese mismo amor a las gangas lo heredó su sobrina, mi tía Julia. Compartía igualmente el ser muy generosa, pero también le perdía una ganga, y podía comprar gran cantidad de cualquier cosa que encontrase a buen precio.

Parte de la herencia, encontrada en un cajón

Y a día de hoy creo poder asegurar que en la siguiente generación ha sido mi hijo Lucas el que ha heredado esa característica, y a pesar de haberse criado en una casa poco dada a la comparación de precios, él es capaz de decirte lo que vale cada cosa en cada tienda, y también de trasponer (como diría un auténtico granadino) a la otra punta de la ciudad para comprar algo más barato, pero siempre de mejor calidad. Las herencias familiares, curiosas y tan profundas.

Capítulo 24

También genuinamente “Pastor” era el tío Federico, el hermano pequeño de mi madre. También en él reconocí, una de las últimas veces que lo vi, ya mayor, los característicos andares del tío Eusebio.

Fue el único rubio de la familia, y al nacer no se parecía a nadie, por lo que su abuelo, el abuelo Mauricio, tiró de frase hecha: “Los hijos de mis hijas mis nietos son, los de mis hijos sabe lo Dios”. Tenía historia familiar para refrendarlo. Pero al día siguiente apareció con una foto de cuando él era niño, con la misma cara de su nieto recién nacido.

Haciendo un inciso, gracias a esta anécdota podemos deducir que en el año treinta y dos, que fue cuando nació Federico, el abuelo Mauricio ya había recalado en Tetuán, después de arruinar el negocio familiar en Madrid. Reconstruir el pasado es hacer un puzle al que faltan piezas.

Pero Madrid seguía unida a la familia. Después de la guerra allí vivía el tío Eusebio con la tía Tere. Como dije, no tenían hijos y, como se hacía tanto en la época, se llevaron a su sobrino Federico -que por entonces tendría ocho o nueve años- para quitarle una carga a su madre, mi abuela Julia, que al enviudar se había quedado prácticamente sin recursos.

Aunque era la posguerra, probablemente el año 40 o 41, una época que no fue fácil para nadie, es seguro que para Federico la vida con su tío militar en Madrid era mucho mejor que con su madre y sus hermanos en Tetuán.

Federico con la gorra de militar del tío Eusebio

Por las costumbres de entonces no habría sido extraño que sus tíos Eusebio y Tere lo hubiesen «prohijado», como se decía. Pero él mismo me contó un día de pasada que, aun siendo un niño, en cuanto se dio cuenta de que ésa era la intención de sus tíos pidió volver con su madre y sus hermanos a Tetuán. Solemos preferir la pobreza en compañía de los nuestros.

Como decíamos, de niño Federico tenía rizos rubios, de mayor parecía un actor de cine, era guapo, alto, con buen tipo, simpático, cantaba bien (cualidad muy apreciada en la época), en fin, lo tenía todo. Tuvo alguna novia en Tetuán pero la cosa no cuajó.

Fedrico Pastor Álvarez cuando todavía no era mi tío Federico

Cuando tenía veinticinco o veintiséis años se fue a vivir a Madrid. Liberado por el matrimonio de mis padres de la obligación de contribuir al mantenimiento de su madre podía por fin estudiar, aunque tenía que trabajar para mantenerse. Estudiar una carrera siempre había sido su aspiración.

Y así inició la de Ingeniero Técnico de Telecomunicaciones. No debió de ser fácil, en aquella época los sueldos eran muy cortitos y se trabajaba muchas horas, por eso la carrera se le alargó mucho. Mientras, conoció a una morena con pecas, la que se convertiría más tarde en mi tía Merche, una chica diez años más joven que él, que estudiaba medicina. Una moderna en definitiva.

Era tan moderna que se parecía a
Françoise Sagan

 
Por fin, en 1965 mi tío Federico terminó la carrera, ¡gracias que le dieron un empujoncito! Él trabajaba en una compañía eléctrica desde que llegó a Madrid, creo que era Hidroeléctrica, y le apremiaron para que acabara la carrera porque necesitaban peritos en la central de Escombreras. Terminó, se casó, y se fueron a vivir a Escombreras, al lado de Cartagena, a un “poblado” construido por la propia empresa alrededor de la central eléctrica.

Escombreras, el poblado en primer plano

También como inciso podemos fijar la mirada en cómo en aquella bendita época te apremiaban para que terminases la carrera porque querían ofrecerte un puesto en consonancia con esa titulación recién conseguida, sin prácticas, sin ser becario durante algunos años ni nada por el estilo. No era la excepción, faltaban personas preparadas en casi todos los ámbitos.

En total mi tío Federico debió vivir en Madrid unos ocho años. Llevaba una vida a medio camino entre trabajador y estudiante, en una época en que las diferencias de clase eran muy marcadas. Alguna vez contó anécdotas sobre el dinero que tenían los demás y que él no tenía, que el dinero que sus compañeros se gastaban en una noche a él le tenía que durar un mes.

Ya he dicho que no debió ser fácil. Por suerte tenía mucha familia en Madrid. Los domingos iba a casa de su prima Mary Maroto, ya casada y con muchos hijos, a comer y a que le lavasen la ropa. ¡Cosas de la época!

Capítulo 25

Federico y Merche se casaron en 1966. ¡El 15 de agosto en Madrid!

A pesar de que yo sólo tenía siete años y de que venía del continente africano durante años no quise volver. Me hablaban de ir a Madrid y siempre decía, aún con mi vocecita de niña, “¡No, no, a Madrid no!”. Era por el calor. El calor que pasamos está todavía hoy en mi memoria y es que en Marruecos, aunque a muchos les extrañe, no en todas partes y siempre hace calor.

Fuimos a la boda del tío Federico, y ya sólo el viaje fue una odisea, aunque creo que en aquellas épocas todos los viajes lo eran. Yo tenía siete años y mi hermano Sergio dos. Viajamos en tren, reservaron para la familia un compartimento con literas en el que íbamos mi abuela, mi madre, mi tía Julia, Sergio y yo. Mi padre se quedó en Tetuán para acudir más tarde, justo para la boda, él nunca tenía tiempo de tomarse unas vacaciones de verdad.

Uno de los ferrys que hacían la travesía Ceuta-Algeciras

Recuerdo vagamente el puerto de Ceuta, subir al barco, gente despidiéndonos. En aquella época no viajábamos tanto como en años posteriores, y aunque yo ya había estado varias veces en la Península, y por lo tanto había cogido varias veces el barco, es quizás el primer recuerdo que conservo. Fue como un acontecimiento, había gente que había venido a acompañarnos, seguramente mi padre y algún amigo con el coche. Y también recuerdo que al puerto se acercó un amigo del tío Federico a entregarnos un regalo de boda.

El viaje en tren estaba pensado para ser agradable. Teníamos las literas para dormir más o menos cómodamente y como el compartimento era sólo para nosotras podríamos hasta ponernos el camisón o el pijama. Algún recuerdo guardo en la retina de estar subida en una litera y desde allí ver a toda la familia repartida en las demás. Debió ser emocionante, yo sólo tenía siete años.

Pero recuerdo sobre todo el día siguiente. Ya era hora de llegar a Madrid, ya estábamos levantadas, aseadas, desayunadas, llevábamos muchas horas en aquel compartimento. Pero, como era habitual en aquella época, el tren iba con retraso y se hizo muy largo el tiempo hasta que por fin, con varias horas de retraso, llegamos a nuestro destino, Madrid.

No fue el único incidente del viaje. También ocurrió algo con el equipaje, pero que no descubrimos en el momento sino días después. Mi abuela había metido en la maleta su buena tijera de modista (un tesoro, que teníamos prohibido tocar). Quizás ella misma había hecho el traje de madrina que debía llevar mi tía Julia, un conjunto precioso de encaje rojo que aún conservo. El caso es que por una razón u otra necesitó la tijera. Y no la encontró. Pensaron que se había quedado en Tetuán. Otro día no encontraron el café que habían llevado para el tío Rodolfo, que tanto echaba de menos las cosas que se comían en Marruecos. Y así fueron echando en falta alguna cosa más, por ejemplo la máquina de fotos, hasta que se dieron cuenta de que en realidad les faltaban muchas cosas, digamos todas las “impersonales”, incluido el juego de café que, como regalo para Federico, les habían entregado en el puerto de Ceuta.

Fueron a la Renfe y se quejaron, sin éxito. Y se enteraron por alguien de que el sistema de facturación de equipajes, que incluía ponerle a las maletas unos flejes metálicos como garantía, era en realidad un timo: abrían las maletas y luego les ponían flejes nuevos.

Aún recuerdo las conversaciones airadas de mi madre y mi tía comentando la cuestión. Fue una gran decepción para mi familia descubrir que en España no se podía confiar ni en la Renfe.

Capítulo 26

Madrid fue un vaivén de visitas. La mayor parte de la familia vivía allí, así que vimos a innumerables parientes. Por primera vez para mí, a la tía Pilar y sus hijos y sus nietas, quizás también a la tía Rosario, ambas hermanas de mi abuela Julia, es decir, aquellas niñas que llegaron en barco a Nador con una reata de merinas y que siguen constituyendo la trama ordenadora de nuestra familia.

Supongo que también veríamos al tío Eusebio y la tía Tere, pero no lo recuerdo, quizás porque ya los había visto antes, no eran novedad.

Pero la visita que más me quedó en la memoria fue la que hicimos a la familia de la novia, la familia de la que se convertiría en mi tía Merche. Recuerdo aún hoy el sonido de nuestros pasos subiendo la escalera, el sonido de nuestros pasos sobre la madera. Era una casa antigua, cerca de la Puerta del Sol, y yo nunca antes había subido una escalera de madera. Me tuvieron que explicar que ésa era la razón por la que nuestros pasos hacían un ruido al que yo no estaba acostumbrada.

Y luego estaban los primos, los hijos de las primas de mi madre, los de Piti, a los que no conocía; pero sobre todo los de las primas Maroto, Mary y Carmen, con los que había jugado años antes en Tánger y Tetuán y que ya por entonces vivían en Madrid.

Los hijos de una de las primas de mi madre, Piti

Y fuimos a columpios y ferias, y tomamos helados y granizadas. Pero a pesar de todo, lo que más recuerdo es el calor, dar vueltas en la cama sin conseguir dormir, la cama caliente, la almohada caliente, y aunque le daba la vuelta, enseguida volvía a estar caliente. Y recuerdo que descubrí que el suelo estaba fresquito y que tardaba mucho en calentarse. ¡Qué bien, allí por fin podía dormir! Y mi madre que me recogía ya dormida por miedo a que cogiese frío.

Es curioso, parecen más recuerdos de vieja que de niña. Creo que, en parte, la mala construcción de aquellos pisos de Moratalaz, los pisos del desarrollismo español, de techos bajos y paredes de papel, tuvo la culpa.

Moratalaz actual, sólo cambian las ventanas

Pero el calor debía ser realmente especial porque toda la familia lo recordó durante años: “¡Pero, por qué se casaron el 15 de agosto en Madrid!” decíamos siempre, aunque sabíamos la respuesta: “Porque la tía Merche era muy madrileña y quería casarse el día de la Virgen de la Paloma”.

Lo cierto es que fue un viaje accidentado.
Mi padre llegó el mismo día de la boda. Habían quedado en que iría a casa de la tía Mary, y de allí, con ellos, hacia la iglesia.
Pero se equivocó de dirección, era en la Avenida de Valladolid y él se confundió de ciudad. El caso es que no
apareció a tiempo -¡no había teléfonos móviles!- y se perdió la boda de Federico.
Era un poco despistado, y ésta no sería la única vez en que se nos se perdió.

De la boda no recuerdo nada, lo que he visto en las fotos y algunos juegos con los primos por debajo de las mesas.

Por fin volvimos a Tetuán. Mi madre, mi tía y mi abuela tuvieron que meterse en la cama nada más llegar, tenían una faringitis aguda de tanto tomar cosas frías, decían.

Y mi padre no pudo ni siquiera prepararles un vaso de leche caliente porque nunca supo encender el fuego de la cocina (que ya era de gas, abrir el botón y poner una cerilla).

Capítulo 27

Llegamos al final de julio, y aunque normalidad tenemos poca, quienes hemos estado teletrabajando durante los últimos meses necesitamos imperiosamente un descanso.

Así que dejaré de publicar por algún tiempo, para así tomar fuerzas y seguir adelante con esta historia de la familia que poco a poco va camino del culebrón.

Para terminar la temporada, después de la boda de mi tío Federico, como un recuerdo tira de otro, me ha venido como continuación casi necesaria el recuerdo de otra boda, la de Manolo Maroto, uno de los primos de mi madre, y Encarna.

Una representación familiar junto a los novios

Fue poco después de la boda de Federico, a finales de los sesenta. En esta ocasión sólo acudió mi tía Julia, pero se lo pasó tan bien y nos contó tantas anécdotas, que la boda de Encarna y Manolo también quedó como algo que salía a menudo en las conversaciones de la familia.

La boda fue en Albanchez, un pueblo de Almería, en el Valle del Almanzora. Si me pongo a recordar, lo que la tía Julia contaba era poco glamouroso: que las casas no tenían agua corriente ni retrete, que las calles estaban sin asfaltar, y así todo lo demás.

Pero a pesar de ello mi tía Julia volvió fascinada. Creo que fue el impacto de un viaje a la España rural, a la España profunda, un mundo que mi familia casi no había conocido, pues desde que mi abuela salió en 1909 de su pueblo y mi padre del suyo en 1940 o 41, nadie había vuelto a un pueblo, todas nuestras visitas a España se hacían siempre a ciudades, ciudades grandes en que se habían instalado a la vuelta de Marruecos tanto nuestros familiares como las fuertes amistades de Tetuán.

Y por eso el mito, “la boda de Encarna y Manolo en Albanchez”. Tal era la leyenda que más de treinta años después, en 2004, aunque mi hermano Sergio y yo siempre hemos sido poco dados a los saraos familiares, aceptamos sin dudarlo la invitación de la tía Encarna a la boda de su hija que se iba a celebrar en … ¡Albanchez!

Y hacia allí nos encaminamos, dispuestos a revivir treinta años después aquella película que la tía Julia nos había contado tantas veces y conocer por fin aquel pueblo que fue nombrado y renombrado.

Mi hermano Sergio y su mujer Mari Carmen se vistieron para la ocasión

Yo hice el viaje desde Granada con mi madre, autovía del 92, Guadix, Baza, y luego dirección a Huércal Overa. Y en un momento dado un cartel señalando el desvío a Albanchez.

Mi tía Julia nos había contado tantas veces cómo la hilera de tres o cuatro coches en los que viajaba la familia desde Madrid había ido levantando una polvareda que casi impedía ver la carretera. Me dispuse a seguir aquel camino de cabras.

¡Qué tonta! A partir del desvío la carretera era perfecta, mejor que la general: un firme liso, unas líneas perfectamente marcadas. En fin, el sueño de cualquier coche.

Así fue todo el viaje, de sorpresa en sorpresa. La vieja posada del pueblo, ahora la casa de mi tía Encarna, estaba reformada y convertida en una casa moderna y confortable. En todo el pueblo no sólo había agua corriente, por supuesto, sino incluso un hotel con piscina.

Por haber había hasta una colonia de ingleses que convivían pacíficamente con la población autóctona. Y, por supuesto, un montón de hijos e hijas del pueblo que, como mi tía Encarna, habían salido de allí hacia la gran ciudad pero que ahora volvían sin falta todos los veranos para disfrutar del pueblo y de los amigos de toda la vida.

Nada en definitiva que no ocurra en todos los pueblos de Andalucía, pero que para mi familia seguía siendo una novedad, como a finales de los sesenta lo había sido conocer un pueblo de los de entonces.

Pero el detalle que más me llamó la atención fue la actuación del cura. El pobre debía estar cansado de que la asistencia a las bodas ya no conociese o recordase de la liturgia. Y por eso debió decidir que tenía que asumir el papel de director de orquesta. Y, subiendo las manos y luego bajándolas, conminaba al público con unos “ahora nos levantamos” y “ahora nos sentamos” que iban ritmando la misa.

Una imagen impagable de cómo España (y no sólo los pueblos andaluces) había cambiado en poco más de treinta años.

Gazpacho de sandía

Según la receta publicada en https://www.javirecetas.com/gazpacho-de-sandia/

Ingredientes (para 4 vasos): 600 gramos de tomate de pera, 500 gramos de sandía (con la piel ya quitada, equivale a unos 900 g de sandía entera), 1/2 cebolla, 1/2 pimiento verde, 1/2 pimiento rojo, 1 diente de ajo pequeño, una cucharada de aceite de oliva, 3 cucharadas de vinagre de vino blanco (al gusto), sal y pimienta.

Modo de hacerlo: En una batidora de vaso alto se ponen en primer lugar los pimientos y la cebolla cortados en trozos grandes y el diente de ajo. Se puede añadir medio tomate para que triture mejor.

Cuando las verduras más duras están trituradas se añaden la sandía y los tomates (si la batidora es buena no es necesario pelar los tomates). Se añade el aliño y se bate bien.

Se puede servir así directamente o añadirle cubitos de hielo para que esté más líquido.

Dalha mhamra, épaule d’agneau aux abricots

ضلعة محمرة – Recette de Salima, Rabat, 2014

Ingrédients : une épaule d’agneau, abricots secs, amandes, cannelle, safran, une tête d’ail + 3 ou 4 gousses, un oignon, beurre, sel

On lave l’épaule d’agneau et on la sèche bien. On fait griller le safran et on le mélange à de l’ail pilé et du sel. Avec ce mélange on macère l’épaule, dessus, dessous et à l’intérieur. On fait des petits trous dans la viande pour y mettre des gousses d’ail pelées (l’équivalent d’une tête). On laisse reposer.

Au bout de deux ou trois heures on fait cuire. Au fond d’une marmite en fonte on met un oignon coupé en tranches, l’épaule dessus, des petits morceaux de beurre sur l’épaule et puis un peu d’eau. On fait mijoter à petit feu et on rajoute un peu d’eau. Au bout de 2 ou 3 heures, la vapeur aidant, la viande est bien onctueuse.

On met la viande dans un plat à four, qui passera 15 mn au four juste avant de servir.

Pendant, dans la marmite, dans la sauce de la viande on fait cuire les abricots (qu’on a mis pendant une demi-heure dans de l’eau) avec un peu de cannelle en poudre, pendant 5 à 10 mn.

On sert l’épaule entourée d’abricots et d’amandes grillées ou frites.